BIBLIOTECA / CUENTOS

Relatos para leer
sin salir de la página.

Los cuentos ya están migrados a la web con texto limpio, acentos preservados y lectura continua.

ARCHIVO DE FICCIÓN

17 cuentos disponibles.

Lectura directa en web.

Ordenado como biblioteca editorial.

Tipografía y espaciado pensados para texto largo.

CUENTO

¿Cuánto tiempo es mucho tiempo?

—¿Papá, para vos, cuánto tiempo es mucho tiempo?

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CUENTO

Bitácora de un fracaso

Ezequiel suele verme desayunando en el bar de la esquina con un libro en la mano. Sabe que me gusta leer y alguna vez le comenté que también intento escribir. Un día pidió interrumpirme algunos minutos, si no era molestia, para contarme una historia.

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CUENTO

Conviviendo con la bestia

El "Rifle" Brambilla es un tipo exagerado. Quizás sea por esto que no le creí cuando con sincera angustia me comentó que estaba conviviendo con el diablo. Para mí todo fue risas hasta que descubrí que un neuropsiquiatra le había recetado antidepresivos y hasta sedantes.

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CUENTO

Cuántas veces te mataron

“A mi propio entierro fui, sóla y llorando” cantaba la Negra Sosa.

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CUENTO

El ambiguo final de Rigoberti

A Nicolás Rigoberti la vida lo puso en una disyuntiva brava. No le dió margen para intentar alguna gambeta que lo saque del embrollo. Se vio obligado a resignar trabajo, amigos, familia y prosperidad económica por estar convencido de la perpetuidad de su amor. Por cómo narra su gesta, parece no habitar en él ningún tipo de remordimiento ni culpa. Su versión de los hechos me lleva a inferir que no titubeó ni un segundo a la hora de tomar tan drástica iniciativa, que no le tembló el pulso cuando tuvo que arremeter contra un hombre en claro estado de indefensión. Lo hizo sin cuestionamientos y volvería a hacerlo si el tiempo le devolviera la oportunidad. Nicolás me pidió que, si alguna vez tenía la fortuna de escribir un libro, le dedique algunas páginas a contar su historia. Y como yo, al igual que él, soy un tipo de palabra, me veo en la obligación de honrar mi parte del acuerdo.

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CUENTO

El juguete de mi infancia

Sólo tuve un juguete en mi vida. Mi vieja seguro tendrá otro punto de vista en cuanto a tan pesarosa aserción y les dirá que han pasado por mis repisas Hot Wheels, legos, pelotas y rompecabezas. Se indigna hasta la rabia cuando me escucha sostener que a lo largo de mi vida solamente tuve un juguete, y que ni siquiera fue un regalo suyo. Es cierto que, por desgracia, me tocó compartirlo con niños de edades, idiomas, religiones y estratos disímiles. Esa capacidad de entretener al mundo entero es lo que hace tan especial a mi juguete. Será que lo siento mío por haber sido fabricado en mi Rosario natal, aunque lo haya comprado un señor catalán dueño de una de las jugueterías más grandes de Europa, justo antes de que salga a la venta. El juguetero rosarino, al verlo salir de la cinta transportadora tan pequeño y enclenque, pensó que estaba fallado. Es por esto que consultó con expertos de la clínica de juguetes, quienes le diagnosticaron un desperfecto endocrino en una glándula propia de los muñecos (un extrañísimo caso de uno en diez mil). Los reparadores tasaron el saneamiento que, como era de esperarse, desbordaba la solvencia de una juguetería sudamericana. Ahí es cuando este español engreído, lleno de galardones y trofeos, se ofrece a costear el arreglo de mi muñeco y se lo lleva al otro lado del océano. No es la primera vez que esa juguetería nos roba un juguete a los argentinos.

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CUENTO

El penalista del sexto

Jamás sentí la más mínima compasión por los viejos, ya bastante afortunados son de llegar a ancianos como para que la gente ande sintiendo misericordia por ellos. Cuando la senectud me encuentre espero no despertar ese sentimiento tan miserable como es la lástima. Quién no se ha conmovido con un viejito porque no podía subir al colectivo sin el socorro de algún lazarillo voluntario de por ahí, o sencillamente por tener que insistir reiteradas veces en la repetición de alguna oración debido a la penuria de sus órganos auditivos. En ocasiones me preocupa llegar a ser un minusválido obsoleto que necesite que alguien lo ayude a lavarse las bolas porque la artrosis lo ha convertido en un maniquí. Si Dios quiere, Tánatos me encuentra antes. Como abogado exitoso, y sobre todo respetado, jamás me permitiría someterme al escarnio de algunos jóvenes irreverentes sin el más mínimo respeto hacia las canas.

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CUENTO

Entre Melincué y el Hortondo

¿Te conté alguna vez la historia de Juancho con esa mina de Melincué? Te la tengo que haber contado, es buenísima esa anécdota. Seguro que te la conté, si casi lo matan al pobre pibe. Hay que tener cuidado con las minas con las que uno se enreda, Tomás.

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CUENTO

Hay que venir al sur

Lo que "Bochita" Suarez tiene de buen tipo lo tiene de problemático. Y no me refiero a una o dos chinches, de esas que todos tenemos. No. Hablo de un hombre verdaderamente jodido y mañoso. Tanto, que uno tiene que andar cuidándose de lo que dice o deja de decir, eligiendo con cautela cada epíteto para evitar ser tildado de estúpido o terminar friccionando innecesariamente. Siempre está al acecho para subrayar el error de sintaxis, la palabra mal empleada, el tiempo verbal erróneo o la coma mal puesta. Consigue desnudar cada una de las carencias de sus semejantes; que este come con la boca abierta o aquel usa perfumes genéricos de mala calidad, le falta gracia para vestirse o no plancha minuciosamente las camisas. A Julián, por mencionar un caso, le descubrió un problema congénito en el largo de las piernas que se manifiesta en un caminar sutilmente asimétrico, al Moncho una leve desproporción en el tamaño de su ojo derecho y a Pedro una casi imperceptible desviación en la mordida. Así y todo, más allá de lo aborrecible que puede parecer ante el escrutinio de un extraño, es un tipo en el que se puede confiar. Sus íntimos pueden dar fe de lo que estoy diciendo, y confirmar que el tipo es incapaz de dañar una mosca.

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CUENTO

La aventura de Marisa

A mí me gustaría contarles cómo con mi viejo recorrimos una Nación. Cómo fue que transitamos la inabarcable monotonía pampeana buscando una mujer. Si… una mina, muchachos. Cómo caminamos codo a codo por los más insólitos plantíos, los más tristes y olvidados parajes, los más intrascendentes pueblos, extraviados en el aburrimiento de nuestra inmensa llanura. Todos los viernes nos subíamos al Corsita gris y, llenos de esa ingenuidad que necesita todo aquel que persigue una quimera, nos disponíamos a perseguir el atisbo que nos lleve a encontrar a Marisa Gutierrez. A esa mujer, que no era más que una anécdota.

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CUENTO

La cancha número 5

En el paredón de la cancha número “5” todavía puede verse clavada una camiseta de fútbol. Desde entonces, nadie se ha animado a tocarla. Algunos por conocer esta historia, otros porque una absurda intuición así se los recomienda. Es el único adorno que puede verse en esa enorme barrera de hormigón de tres metros de alto que separa lo tolerable de lo inadmisible. Con el pasar de los años aquel trapo se fue convirtiendo en una leyenda entre los jugadores a los que les tocaba jugar en esa cancha. He escuchado muchas versiones, desde los que dicen que apareció de un día para el otro, como por arte de magia, hasta los que argumentan que es en homenaje a un joven que murió por un ataque al corazón en pleno partido. Las interpretaciones son diversas pero, en rigor de verdad, nadie ha podido argumentar con solvencia como ese harapo ha resistido tantos años a la intemperie, siendo víctima de las más furiosas tempestades. El hecho es que sigue ahí, incólume y a la vista de todos, para que los románticos construyan sus propias epopeyas y los escépticos se sorprendan por la calidad de la tela.

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CUENTO

La cuarentena que maté a mi mejor amigo

Ninguno de los testigos que ahora circunvalan el occiso hubiese podido imaginar un final semejante. La decisión de pasar la semana en la casa de campo de Juan Bautista nos pareció, a priori, una idea inmejorable. Ezequiel, Pedro y yo, junto con el anfitrión, llegamos hace tres días para adecentar una vivienda que hacía varios años no recibía más huéspedes que ratas y alimañas semejantes. Aunque antigua y desaseada, algo en aquel sórdido lugar irradiaba un espíritu afable que te hacía sentir bienvenido. Nos llevó más horas de las previstas lograr un aspecto lo suficientemente decente como para que las chicas no se arrepintieran de la decisión en el instante mismo que pasaran la moldura de la puerta. Lo más arduo fue limpiar el inmenso living-comedor que escondía polvo en cada recoveco y en cada mueble, aunque no fueran demasiados. El ambiente tenía una gran mesa para doce comensales, tamaño justificable, según Juan Bautista, a que su padre solía ocupar la vivienda cuando venía a cazar con un séquito de amigos expertos en la materia. Lo que también explicaba los enormes cráneos de ciervo que pendían sobre la pared con sus portentosas cornamentas. Bajo los huesos de antílope una pintoresca chimenea de ladrillo visto nucleaba algunos sillones de cuero avejentados y rajados por el paso de los años. Los ventanales corredizos de cedro permitían vislumbrar desde el comedor una pileta -demasiado grande a mi entender- adornando un jardín casi interminable que moría en el horizonte difuso del Paraná. Prendimos la chimenea para combatir los tres grados de junio, asamos las hamburguesas que compramos por el camino y nos entregamos a Morfeo.

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CUENTO

La pócima del gol

Yo no creo en la magia. Soy un hombre de argumentos y lógica; un racional, un escéptico a todas luces. Nunca he sido ni seré uno de esos papanatas que andan desperdigando cualquier verso por ahí sin antes filtrar veracidad. Creanlo o no, he dedicado mi vida a intentar ser un hombre digno y confiable.

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CUENTO

Marisa, te estamos buscando

Quiero contarles cómo con mi viejo recorrimos una Nación. Cómo fue que transitamos la inabarcable monotonía pampeana buscando una mujer. Cómo caminamos codo a codo por los más insólitos plantíos, los más tristes y olvidados parajes, los más intrascendentes pueblos, extraviados en el aburrimiento de nuestra inmensa llanura. Todos los viernes nos subíamos al Corsita gris y, llenos de esa ingenuidad que necesita todo aquel que persigue una quimera, nos disponíamos a perseguir el atisbo que nos lleve a encontrar a Marisa Gutierrez. A esa mujer, que no era más que una anécdota.

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CUENTO

Martes de visitas

No hay peor día que los martes. Los lunes han agotado las anécdotas del sábado y el viernes por venir se percibe inalcanzable. Seguro que algo de esto tomó papá cuando eligió los martes para que pase a visitarlo. Él me espera ansioso. Un día antes acomoda la vivienda. Encera los pisos y desempolva los muebles; lava los platos, renueva el papel higiénico y expurga la mugre de cada rincón del entristecido departamento. Creo que hasta se tiende la cama. Al llegar siempre encuentro la mesa dispuesta y la comida servida. Una copa de vino, que nunca pude probar, me espera ansiosa sobre el mantel. Papá se sienta en la punta de la mesa y se pone el repasador cuadriculado de babero (nunca pudo desprenderse de esta espantosa costumbre). Cenamos en un silencio que hace tiempo dejó de ser incómodo, por el contrario, es un silencio necesario, que yo interpreto como un pedido de disculpas por todo lo que pasó aquella noche de verano. Él no levanta la vista del plato hasta que no ha desaparecido la última miga. Come atolondrado, como queriéndose sacar cuanto antes ese protocolo de encima. Acto continuo se arranca el repasador y, mientras se limpia los residuos de la comisura de los labios, va en busca de unos habanos que guarda en el primer cajón de una cómoda antigua. También por un vaso de whisky, que prueba en el sillón mientras le arrima un fósforo al puro. El ritual parece calcado con una precisión quisquillosa.

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CUENTO

Me caen mal los abogados

Soy un fiel seguidor del escritor Hernán Casciari. Seguramente su prosa no sea la más ornamentada, pero lo cierto es que disfruto de su manera coloquial, y a su vez extremadamente profunda, de relatar lo cotidiano. Hace algunos días me pidieron que escribiera unas palabras para mi querida Facultad de Derecho. Al recibir el encargo, casi instintivamente recordé que Hernán tiene un cuento que se llama “Los abogados” que nunca me había detenido a leer. Pensé que aquel relato podía ser la musa inspiradora que me motivara a escribir unas preciosas líneas sobre la profesión que muchos elegimos. Es verdad, algunos más convencidos que otros. Ya leído el texto robaría una metáfora, rescataría alguna opinión de Hernán que siempre comparto, o simplemente atesoraría el placer de disfrutar de un lindo cuento.

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CUENTO

Mi primera mentira

Abuela me cuenta siempre la misma historia. Una y otra vez el mismo relato. La verdad es que ya me tiene podrido, pero trato de fingir que nunca lo escuché. A ella le encanta. Otras señoras tienen cientos de cuentos cautivadores y atrapantes, pero la mía es tonta y sólo sabe uno. No sé si es por sus casi noventa años o por el problema que tiene. Papá dice que esa enfermedad con nombre raro hace que las ideas se le escurran de la cabeza cómo a mi se me derrite el helado en las manos. Hay días, los peores de todos, que le cuesta reconocer incluso a papá, y lo confunde con el tío Rubén. Eso me da un poco de miedo, no les voy a mentir. Por suerte a mi nunca me confundió con ninguno de mis primos. Creo que soy el preferido. Ningún otro la escucha.

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