Abuela me cuenta siempre la misma historia. Una y otra vez el mismo relato. La verdad es que ya me tiene podrido, pero trato de fingir que nunca lo escuché. A ella le encanta. Otras señoras tienen cientos de cuentos cautivadores y atrapantes, pero la mía es tonta y sólo sabe uno. No sé si es por sus casi noventa años o por el problema que tiene. Papá dice que esa enfermedad con nombre raro hace que las ideas se le escurran de la cabeza cómo a mi se me derrite el helado en las manos. Hay días, los peores de todos, que le cuesta reconocer incluso a papá, y lo confunde con el tío Rubén. Eso me da un poco de miedo, no les voy a mentir. Por suerte a mi nunca me confundió con ninguno de mis primos. Creo que soy el preferido. Ningún otro la escucha.
Cuando sea grande quiero estudiar para ser médico. Mi amigo Agustín quiere ser futbolista, astronauta o bombero. Yo quiero ser doctor. Papá me contó que ese es el trabajo que investiga las enfermedades. Así, podré indagar el problema que hace boba a la abuela y descubrir cómo es posible que una persona se olvide de la cara de la gente. ¿Estarán perdidas sus ideas en la cabeza? ¿o desordenadas? ¿se les escabullirán mientras duermen?. Quizás simplemente se les escapan por las orejas y nosotros tenemos que volver a introducirlas de a poquito. Sin embargo, hay un recuerdo del cual no puede desprenderse.
La historia, para colmo, es aburrida. No tiene superhéroes ni villanos. No hay doncellas atrapadas en torres que acarician el cielo, ni intrépidos soldados dispuestos a redimirlas. ¡Ni siquiera está Messi!. Más bien es todo lo contrario; un cuento triste y horrible que yo no quiero escuchar nunca más. “De lo único que me arrepiento, querido, es de no haber terminado la carrera de abogacía”. Y ahí, nuevamente, empieza la tortura. Parece ser que el abuelo Rodolfo la obligó a dejar sus estudios en el último año para cuidar a papá y al tío Rubén. Ella dice que él no era malo, sólo eran extrañas costumbres de aquel tiempo. Además la abuela era mucho más inteligente que el abuelo Rodolfo, que a duras penas pudo terminar el secundario y trabajaba arreglando zapatos. Ella fue la mejor alumna que alguna vez vio su facultad. “Yo hubiese sido una gran jurista, la más grande de mi época.” replica incontables veces. Yo simulo que conozco esa palabra. Luego me muestra algunos libros empolvados y maltrechos que alega haber escrito cuando papá y el tío dormían o iban a la escuela. Quiso publicarlos en varias ocasiones pero ninguna editorial le dio bolilla. Según papá, un hombre escribió lo mismo algunos años después que ella y fue todo un éxito. La verdad me pone triste cuando la abuela llora contándome esta historia, así que subo el volumen de la televisión. Queda media hipnotizada mirando una novela donde la gente habla raro. Al rato vuelve a empezar "de lo único que me arrepiento…".
Ayer fuimos a visitarla al hospital. Tenía cables enchufados en el cuerpo como una computadora. Le pregunté a papá si le estaban instalando las ideas que se le habían esfumado del coco. Me explicó que estaba ya muy grande y que la esperaban en un lugar más justo que este. No entendí lo que me quiso decir. Papá se largó a llorar y agarró la mano apergaminada y seca de su madre. No hizo falta que me explicara mucho más. Yo tengo ocho años, pero no soy tonto. Ella nos miraba despistada cómo si nos tratáramos de dos desconocidos extraviados en ese sórdido cuchitril. Cuando le pedí que me cuente su anécdota por última vez me respondió que no sabía de qué le estaba hablando, ni quién era yo. Pero que era un nene muy lindo. Así que ayer conté mi primer cuento. Papá siempre dice que los cuentos son mentiras que enriquecen el alma.
De repente su expresión pareció cambiar. “Abuela, vos supiste ser una gran abogada. No sólo la mejor de la ciudad sino reconocida en el mundo todo. Dice papá que dónde llegaba el idioma español desembarcaban tus libros, y que se tradujeron en tantos idiomas cómo la gente habla. Personas de colores ambiguos y edades variadas aprendían de vos. En cada facultad del país, por más pequeña o extraviada, conocían tu nombre. Viajaste por el mundo derramando tus teorías en alumnos entusiasmados por escucharlas. Hoy estás así, un poco estropeada y media desmemoriada, pero afuera de esta habitación horrible hay una multitud pendiente de que te recuperes. Tienen carteles y pancartas. Cuando todo esto termine y te saquen esos cables de la piel, vas a tener que ir a saludarlos.” Papá lloraba a mares, no sé por qué. En cambio la abuela se puso muy contenta. Creo que nunca la ví así. Cerró los ojos lentamente hasta quedarse dormida. Papá me abrazó muy fuerte. Afuera de la habitación sólo esperaba el tío Rubén.