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Ezequiel suele verme desayunando en el bar de la esquina con un libro en la mano. Sabe que me gusta leer y alguna vez le comenté que también intento escribir. Un día pidió interrumpirme algunos minutos, si no era molestia, para contarme una historia.

Históricamente se me han confundido los acentos norteños, pero si lo sumo a sus rasgoes de Salta, Jujuy o por ahí. Nunca se lo pregunté, sinceramente tampoco me interesó. Siempre lleva prendidas al codo un racimo de medias coloridas, pero si lo apuras un poco despliega de la bolsa algún que otro pañuelo, repasador o lapicera. Por más que me empeñe no puedo descifrar la edad. Sé que tiene más de veintitrés pero pueden estirarse hasta los treinta y tantos. Se lo ve siempre prolijo; peinado meticulosamente con gel y con la barba rala. A la camisa no se le dibuja una arruga y un jean celeste un poco gastado muere en unas zapatillas negras. Va recolectando rebotes y malas caras de los comensales que intentan sacarse el estorbo rápido de encima. Cuando pasa por mi mesa yo distraigo unos segundos la vista del párrafo para regalarle otro “no”, que a pesar de ser igual de ingrato, me hace sentir más digno que el viejo de al lado que lo rechaza sin desconcentrar los ojos del teléfono. Así erra por las mesas, con ademanes tristes y pocas palabras.

Acepté prestarle el oído, y con algo de ironía (que creo que no entendió) le advertí que esperaba valiera la pena la historia, que soy un tipo ocupado, sin tiempo para escuchar estupideces. Aunque no cazó el sarcasmo, dejó sobre la mesa los pares de medias para usar las manos como muletas de las palabras que no encontraba en su diccionario. Por eso, en esta historia las palabras las elegiré yo, como él me pidió que hiciera en caso que estime que su narración fuese digna de ser contada.

De los seis hermanos era el que mejor jugaba a la pelota. El papá decía que era crack en serio, él opina lo mismo pero con menos énfasis. Lo buscaron de Boca, Racing y Argentinos, pero se quedó con un club de Rosario, porque lo asustaban las noticias que se traían de Buenos Aires. Jugaba de 10, lo que hizo un poco más verosímil el adjetivo. En algún trajín de su relato dijo saber que a mí no me gustaba el fútbol. Algo evidente -argumentó- porque me veía todo el tiempo leyendo, y es una verdad universal que quién lee mucho no entiende de pasiones, y mucho menos entiende de fútbol. Después de mostrarle mi fondo de Messi y la tapa de un libro del Negro Fontanarrosa dónde hay un garabato que viene a ser un futbolista, pareció dudar de su dogma.

Lo cierto es que su historia no me gusta, y si fuese por mi, nunca la hubiese escrito. Lo hago por él, que al relatarla le brillan los ojos y se le abstrae la mirada. Parece aferrarse a ese pasado, mejor al menos, que venderle medias a maleducados. No es más que la historia de un fracaso, la bitácora de una frustración. Es la historia de un hombre que terminó aunando miradas indiferentes que alimentan su propia decepción. Quizás exagero y es solo una historia más.

Ezequiel se fue de la casa con 13 años. Casi todos entran a la pensión con 14, pero se ve que este pibe valía la pena. Llegó como vivía, con dos o tres mudas de ropa y los botines que le había regalado su viejo. El club, si Dios quiere, le daría lo suficiente para subsistir.

Con Erik estuvo todo mal desde un principio; era grandote y bravo, y los dos o tres años que le llevaba suplían el ser un poco menos ducho que Ezequiel con la pelota. Erik venía de los arrabales rosarinos escapando de la droga que había matado un hermano hace algunos años. Llegar a primera era un mandato. Jugaban en distintas categorías, pero al jujeño (con el devenir de la historia confirmé de dónde era) solían subirlo a medirse con pibes bastante más nervudos. Y no se achicaba nunca. Los encaraba con el desprecio del que no es bienvenido pero menos es cagón. Por eso se fue haciendo prioridad entre los entrenadores y querido por los contados hinchas que siguen las inferiores. Nunca tuvo amigos porque sus pares de la pensión interpretaron su timidez como soberbia, y su forma de jugar como impertinencia. Tampoco hablaba, porque cuando lo hacía se burlaban del acento engorroso o de los dientes que le faltaban. Así, tragó todo el veneno del que no tiene con qué pelear; se bancó el colchón mojado, el llegar tarde por los botines escondidos, las provocaciones por su tartamudez y las invitaciones a las piñas.

Erik le arrimó un cuchillo al cuello cuando el jujeño lo desplazó de la titularidad en la Sexta División. Lo cruzó en las duchas al verlo distraído y le comentó la influencia de algunos de sus familiares. Que se vuelva al norte fue la advertencia, a dónde se come tierra y no juegan al fútbol. Lejos de amedrentarse decidió quedarse hasta llegar a primera. Con el tiempo los diarios empezaron a dedicarle columnas y los periodistas elogios. Tipos de trajes (caros y feos) lo llamaban a toda hora con ofertas de mujeres, autos y viajes. El club le pagó dientes nuevos, una marca lo auspició y a las chicas pareció gustarles un poco más el acento cerrado y el patinar de la “R”.

Una tarde de invierno sintió el trancazo en la rodilla. Era una práctica como cualquier otra. No lo vio venir a Erik, que lo interceptó de costado con un golpe certero a la altura de la tibia. El médico se acercó y con algunos ademanes dio entender que la cosa era severa, arrastró ligamentos, tendones y andá a saber qué. A esa tarde le siguieron un sinfín de operaciones, tornillos y placas, y la culminó la charla con el médico obligándolo a dejar el fútbol. Los tipos de trajes dejaron de llamar y a las chicas volvió a desagradarles la tonada norteña.

Intentó volver a Jujuy pero duró poco. Anduvo por Santiago y trabajó también en la cosecha de limones. Cuando estaba por Santa Fe algunos fanáticos lo reconocían, un poco por la cara y otro poco por el rengueo, e intentaban como podían consolar el disgusto. Quién sabe por qué volvió a Rosario. Me cuenta que algo se encariñó con el río, y que además le gusta que de vez en cuando lo reconozcan en la calle, porque generalmente le compran alguno de los ropajes que vende. Se lo puede ver en la peatonal o mezclado en la vorágine de Pellegrini.

Quiero decirle que su historia no tiene magia, moraleja ni lección, y me dice que ese es el motivo por el que debo contarla. Sea la crónica de un fracaso o simplemente una historia más, tenga o no un final afable, el tipo está ahí parado. Arreglado y prolijo. Un lunes a las 7 de la mañana.