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El "Rifle" Brambilla es un tipo exagerado. Quizás sea por esto que no le creí cuando con sincera angustia me comentó que estaba conviviendo con el diablo. Para mí todo fue risas hasta que descubrí que un neuropsiquiatra le había recetado antidepresivos y hasta sedantes.

No recuerdo con exactitud en qué momento me percaté del aspecto demacrado y macilento del Rifle. De un día para el otro había desarrollado unas ojeras similares a las de Nosferatu y su catadura era una mezcla de heroinómano con estudiante de medicina próximo a rendir. Empezó a llevar el andar hamacado de los adultos seniles y a tener problemas de presión arterial. Si bien el cambio abrupto provenía de un joven deportista de 27 años, no me inquietó sino hasta que lo vi llegar a una reunión con múltiples cortes en las piernas. Eran pequeñas incisiones, que aunque finísimas, parecían haber calado hondo en la piel. Algunas de las heridas habían cicatrizado, pero otras aún denotaban ese rojo candente de las lastimaduras frescas. Esa noche me dediqué a estudiar al Rifle con pericia. Atisbé más cortes en las manos y dedos, y hasta en el cuello o detrás de las orejas. Los hematomas diseminados en distintos músculos ya tenían un color purpúreo desagradable. De no conocer al Rifle hubiese dicho que aquella apariencia era la de un soldado recién regresado del combate.

No me llevó mucho tiempo comprender que la génesis de todas sus desgracias provenían de “Gandhi”, el perro callejero que había recogido 8 meses atrás, cerca de un contenedor de residuos reciclables. Lo que en realidad me alertó fue la insólita gravedad de los hechos. ¿Cuáles son las armas de un perro frente a un basquetbolista de 2 metros de altura y 115 kilos? ¿Cómo puede un cachorro arruinarle la vida a un hombre tan drásticamente? A la mañana siguiente lo llamé para reunirnos. Necesitaba profundizar en su coyuntura y recolectar información para poder socorrerlo. Ahí fue cuando comprendí el infierno en el que estaba inmerso mi amigo. Lo que a continuación relataré es, a grosso modo, lo que el Rifle Brambilla contó aquel día…

Parece ser que el tipo volvía de un entrenamiento cuando percibió una figura moverse próximo a un contenedor de basura. Al acercarse, camuflado entre bolsas de consorcio, se asomaba la cabeza azabache de cachorrito indefenso. Automáticamente, como por instinto, la cría clavó en el Rifle una mirada tierna de auxilio en aquella noche invernal. Él no dudó en recogerlo y llevarlo a su departamento recién estrenado para cobijarlo. Yo le creo cuando argumenta no haber sabido que estaba recogiendo al enviado de Satanás en la tierra. Viendo un animal inofensivo y moribundo, con las cejas arqueadas y la mirada perdida, cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo. El tipo realmente no tuvo opción. Lo apodó "Gandhi".

Lo cierto es que una vez que el monstruo ingresó al departamento ya nada pudo hacerse. Al haber ingerido la criatura el suficiente alimento para erguirse, comenzó a atacar todo lo que su defectuosa visión podía distinguir. Sus filosos dientes descuartizaban el mobiliario con aptitud. A los 5 días ya había aniquilado el sillón lounge inglés que el Rifle había comprado en 48 cuotas con un interés irrisorio, ya que era el único modelo donde el basquetbolista cabía holgado con las piernas estiradas. Luego acometió contra un aparador francés que le había regalado su abuela, quien había hecho traer el mueble terminada la Segunda Guerra Mundial, dado que había pertenecido a su tío segundo, comandante galo en el frente de Arracourt. La cosa es que no había recoveco que se mantuviera a salvo de las garras del mamífero. Las paredes arañadas y el relleno de las almohadas disperso por el living, sumado al fétido olor a orina y humedad, hicieron del precioso departamento art-decó una celda de penal guatemalteco.

Así, el Rifle intentó adiestrar a la criatura con cuántas modalidades de domesticación se conocen por el hombre. Probó con la técnica etológica, la clicker, la castigo y la positiva. Una vez rendido optó por un método hindú que trabajaba a través de estímulos en el animal con besos en distintas partes erógenas. Al ver que ninguno de los mecanismos surtían efecto decidió contratar al psicólogo de perros más prestigioso del país, con una tarifa dolarizada que competía internacionalmente. Se comenta que hasta la unidad K9 de la DEA había contratado al experto para adiestrar a sus Pastores Alemanes en la pesquisa de narcóticos. A los dos días el hombre devolvió a Gandhi con un diagnóstico terrible: demencia agresiva aguda e irreversible.

Como si la situación no fuera de por sí preocupante, Gandhi comenzó a ganar musculatura y fortaleza maxilar. Al mes podía masticar con facilidad la madera de algarrobo de la mesa del living, deglutir las bobinas inductoras de los electrodomésticos y machacar las paredes de Durlock con cabezazos. Dejó de comer balanceado y le exigía a su dueño, con una mirada desafiante, que le cocinara huevos revueltos con el pan a medio tostar. Estas deleznables prácticas mafiosas y patoteriles se hicieron habituales en la convivencia, y hasta comenzó a solicitar (todo con miradas y gestos) dormir en la cama matrimonial. El Rifle todas las noches recogía su edredón y se aposentaba en los vestigios de poliuretano que aún quedaban del sillón lounge deshecho. También tuvo que invertir en unos protectores auditivos 3M, ya que los ronquidos de Gandhi retumbaban como una locomotora en la habitación contigua.

Lejos de amansarlo, el paso del tiempo volvió al cuadrúpedo más y más agresivo. Pero el Rifle se negaba a abandonarlo así como así. Ya lo había ofrecido a más de 121 personas y ONG's de protección animal como "Patitas en Fuga", "Buscando a Perro" o "Anímate, Animal". Todas aquellas entidades benéficas, que se rasgaban las vestiduras subiendo fotos de cachorros Caniche Toy, le habían dado la espalda a Gandhi. Los especialistas argumentaron que jamás habían visto un espécimen tan violento en la familia de los cánidos y recomendaban el sacrificio inmediato por el bien de la comunidad. "Patitas en Fuga" demandó al Rifle por daños y perjuicios, luego de que le arrancara el dedo meñique a una empleada que intentó bañarlo. El único verdaderamente interesado en adoptar a Gandhi fue un mendigo del hampa, que vio en él potencial suficiente para vencer a "La Mota", un Pitbull marrón que llevaba 242 peleas invicto en las riñas callejeras, y había convertido a su dueño, un conocido vagabundo de barrio Pichincha, en un multimillonario con avión propio.

Llegó un momento en el que el Rifle necesitó circundar sus tobillos con trozos de gomaespuma pegados con cinta aisladora para evitar las dentelladas del perro. Cuando el animal creció aún más, la armadura necesitó extenderse hasta las rodillas, dificultando el andar de su dueño. Pero, una vez más, el insondable amor por los animales que tenía el Rifle le impedía sacrificar a la bestia, a pesar de haber perdido 10 kilos y coleccionado 21 suturas, traducidas en 121 puntos y una dosis de vacuna antirrábica. Recuerdo cuando una niñita le pidió un autógrafo al confundirlo con Frankenstein por las cicatrices en la cabeza.

Ya a los 6 meses desde la adopción, el departamento no tenía más enseres que la heladera y un televisor empotrado a 2 metros de altura. El Rifle ahora dormía en el piso con un casco de motocross y el equipo de protección de un arquero de Hockey sobre césped. Aprendió a no necesitar ir al baño por las noches. Sacaba a pasear a Gandhi una sóla vez por día. Lo amarraba a una correa de titanio que había hecho hacer a medida por un experto en adiestramiento de Tigres de Bengala y le colocaba un bozal de wolframio confeccionado por una metalúrgica polaca. Por si acaso también llevaba un dardo tranquilizante en el bolsillo.

Ustedes pueden imaginar que aquel martirio tenía fecha de caducidad. No existe hombre capaz de resistir indefinidamente tantas vejaciones. Es que con el paso de los meses mi amigo había empezado a tener problemas capilares y ataques de pánico constantes. Incluso llegó a tener pesadillas de las más extrañas, con protagonistas insólitos como Scooby-Doo o Cruella de Vil. El Rifle no tuvo más opción que regalar su departamento con vista al río al postor que estuviese dispuesto a adoptar al animal sin sacrificarlo ni abandonarlo a su merced. Puso algunas condiciones estrictas como, por ejemplo, que el adquirente le envíe una vez por mes fotos del can en buen estado.

Pasó un año de aquel día. Hoy les estoy escribiendo esto desde la fortaleza de ladrillos que armé en el flanco izquierdo del departamento. Tengo dos o tres muebles y provisiones suficientes como para resistir algunos días más sin la necesidad de salir al exterior. El maldito perro se quedó con el sector que da a la puerta de entrada. Sólo abandono el edificio tres o cuatro veces por mes para comprar los alimentos necesarios que me permitan subsistir en mi trinchera. Todavía mantengo la armadura de gomaespuma que me regaló el Rifle, la cual utilizo para atravesar el territorio hostil, aunque generalmente lo hago cuando Gandhi duerme. Gracias a Dios, con esto del home office, no es necesario salir mucho. Tengo la piel curtida, la barba larga y el pelo pajoso porque la bestia conquistó también el baño. A pesar de todo me mantengo optimista; los perros grandes no viven más de 13 años, y yo siempre quise un departamento con vista al río.