“A mi propio entierro fui, sóla y llorando” cantaba la Negra Sosa.
“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí. Sin embargo estoy aquí, resucitando”. Y yo pienso cuántas veces resucitaste vos con esta camiseta. Cuántas veces te tuvieron que matar, cuántas veces tuviste que ser testigo de tu propio entierro. Sólo vos sabrás cuántas noches habrás estado sólo y llorando, como dice la Negra, por no poder abrazar al pueblo al que siempre le diste todo, por el que renunciaste tanto, por el que hacías diez mil kilómetros para someterte a las vejaciones, a los insultos y al desprecio de los que nunca entendieron nada. Te mataron muchas veces. Te contaron las costillas hasta el cansancio, te compararon un millón más. Porque yo, que soy mucho peor tipo que vos, me acuerdo de todo. Yo que no el don de tu humildad, ni la grandeza que te caracteriza, no me puedo olvidar de los que decían que de argentino no tenías nada, que te falta sangre, que no tenés lo que se necesita para tocar el cielo, porque carecés del don de pillo que se necesita para sacar esa ventaja que el fútbol requiere. Acá, hasta ayer, nadie podía concebir un ídolo sin malicia. Era menester que un ídolo ostente ribetes oscuros, que sea provocador e irrespetuoso, para generar ese nosequé que le permita a la gente entender que no son tan diferente a ellos. Pero vos, como en tantas otras cosas, pateaste el tablero. Demostraste que no es requisito excluyente ser gritón para ser líder, que no hay mejor forma de predicar que no sea con el ejemplo. Que, como decía mi abuelo, en la cancha se ven los pingos.
“Gracias doy a la desgracia, y a la mano con puñal, porque me mató tan mal”. Si habrás sentido el frío de la daga. Tampoco me olvido cuando en 2016 más de uno festejó tu retiro. Yo los vi. Y, cómo no soy bueno ni comprensivo como vos, el rencor me obliga a acordarme de casi todos. Un montón están ahora en la televisión arrastrándose para que les des, aunque sea, cinco segundos de tu tiempo. Otros tantos los vi festejando, abrazados a sus hijos, padres y abuelos, agradeciéndole a Dios que te haya parido esta tierra. Que te hayas aferrado a nosotros a pesar de haber vivido la mayor parte de tu vida en la corrección del desarrollo. Porque increíblemente sos muy nuestro, y lo fuiste más que nunca cuándo querían condenarte al ostracismo. Vi a muchos amigos, que decían sin ningún prurito o resquemor que no te merecías estar en la Selección, que la celeste y blanca se te hace de plomo, cantando hasta quedarse sin voz. Por eso, ayer cerraste una grieta que nunca debió haber existido. Como dice la Negra, hiciste un nudo del pañuelo.
“De la oscuridad, alguien te rescatará, para ir cantando” dice la canción. No sé quién te rescató de tantos entierros, de tanto mala leche que te pegó por debajo del cinturón, de tantas injusticias. Me hubiese encantado, pero estoy convencido que no fuimos nosotros. Ayer te cargaste un país en la zurda. Y resucitaste una vez más, junto con cuarenta millones de personas. Estoy seguro que será la última.