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A Nicolás Rigoberti la vida lo puso en una disyuntiva brava. No le dió margen para intentar alguna gambeta que lo saque del embrollo. Se vio obligado a resignar trabajo, amigos, familia y prosperidad económica por estar convencido de la perpetuidad de su amor. Por cómo narra su gesta, parece no habitar en él ningún tipo de remordimiento ni culpa. Su versión de los hechos me lleva a inferir que no titubeó ni un segundo a la hora de tomar tan drástica iniciativa, que no le tembló el pulso cuando tuvo que arremeter contra un hombre en claro estado de indefensión. Lo hizo sin cuestionamientos y volvería a hacerlo si el tiempo le devolviera la oportunidad. Nicolás me pidió que, si alguna vez tenía la fortuna de escribir un libro, le dedique algunas páginas a contar su historia. Y como yo, al igual que él, soy un tipo de palabra, me veo en la obligación de honrar mi parte del acuerdo.

El lector moralmente incorruptible tildará el desenlace de obsceno y execrable. Los sensatos, los prudentes, no encontrarán amparo en ningún argumento para legitimar el accionar de Rigoberti. Sólo los irreflexivos, los estúpidos de sangre tórrida que no intentan amansar sus pasiones, los incondicionales, los locos, esos, quizás, comprenderán a este hombre, quién a pesar de todo carga con mucha hidalguía el peso de haber renunciado a todo lo que supo construir.

Nicolás, quien ahora luce una panza impropia y un aspecto desmejorado, supo hacerse un lugar entre los kinesiólogos más prestigiosos de la ciudad de Rosario. Durante años ejerció la profesión con pericia y entusiasmo, llegando a rehabilitar a los más ilustres y diversos deportistas que han jugado en nuestras canchas. Al ingresar a su consultorio, podías contemplar sobre la pared diversas camisetas meticulosamente encuadradas, con las firmas de quienes supieron honrarlas. Recuerdo que la cenicienta era la número “8” del Cacho Coudet, con el horrible sponsor de un frigorífico adornando el abdomen. Había de distintas disciplinas; rugby, fútbol, hockey y hasta waterpolo. Incluso pendía sobre la puerta del baño una sunga anaranjada, obsequio de un nadador de aguas abiertas que decidió donársela después de que Nicolas le rehabilitara el dedo gordo del pie, arratonado en un ataque furtivo de palometas. En lo personal, me fascinaba una musculosa verde que le había regalado un basquetbolista afroamericano en su breve paso por el Club Sportivo América. Sólo dos colores estaban vedados. Aunque en ocasiones permitía el ingreso con indumentaria negra o roja, la prohibición de combinar los tonos era innegociable. La regla era imperativa para cualquier paciente, sin distinción de jerarquía o prestigio. Yo mismo presencié el momento en el que hizo volver a cambiarse las zapatillas a un futbolista con quince o veinte partidos en primera, porque el rojo de la lengüeta maridaba de mala manera con el negro de los cordones.

Nicolás ha dejado en el camino innumerables amistades. El último amigo lo perdió cuando, tras ganar un partido difícil en el Parque Independencia, le envió una foto de su miembro desnudo a su amigo Jorge, acompañada de un mensaje que rezaba: "esta es para vos, pecho frío muerto de hambre", con la mala suerte de que lo abrió la esposa mientras desayunaba con su hija adolescente. También se vio obligado a renunciar a la entrañable amistad que supo construir con Javier Ordoñez. La misma llegó a su fin en el momento que intentó tatuarle "Somos La Ciudad" en el gemelo al hijo de Javier, que tenía tan sólo 16 años, no le gustaba el fútbol y soñaba con dedicarse a las matemáticas. A Nicolás lo expulsaron de la escuela en séptimo grado (esto lo sé por Joaquín, su hermano mayor) por dejar inconsciente a un compañero hincha de Boca, que se mofó de él por ganarle sobre la hora un partido reñido y con varios expulsados, que se jugó en el Gigante de Arroyito. Cuento estas intimidades, en primer lugar, porque son vox populi en el ambiente, y en segundo, porque lejos de avergonzarse es algo que lo enorgullece.

El sentido común indica que después de haberse convertido en un emérito profesional de la kinesiología, habiendo alcanzado el pináculo del prestigio en el cerrado nicho de la ciencia del deporte, había dejado atrás ese deleznable comportamiento. Pero Rigoberti nunca abandonó sus hábitos. El primer contacto es fundamental. Te analiza, circunspecto, un rato largo. Busca señales, indicios que lo lleven a cerciorarse que perteneces (claro está, según sus propios parámetros) al lado correcto de la existencia. Sólo así el tipo se vuelve fiable. Yo tuve la suerte de que pudo distinguir el llavero de Central colgando en la mochila. A partir de ahí todo fue algarabía. Me contaba con altivez que había pintado de azul y amarillo la silla de ruedas de la abuela, que secuestró a su sobrino el día de su comunión para llevarlo a la cancha y que dejó a su novia de la infancia por tatuarse una rosa que combinaba de mala manera con su cabellera morocha. Cuando el tipo habla de Newells (a sus simpatizantes los refiere como "Los Desviados") se le hinchan los ojos y se le ensanchan las venas. Su peor pesadilla (esto salió de su boca) fue cuando soñó que su hija se ponía una camiseta sangre y luto, y él no tenía más remedio que desheredarla.

Lo cierto es que generaba terror en sus pacientes mayores, que recurrían a él sólo por su enorme capacidad para rehabilitar la artrosis. La señora de Ingaramo tuvo que abandonar las sesiones cuando Nicolás gritó un gol tan fuerte que hizo caer a la mujer del andador, derivando en la quebradura de una de sus piernas. Resulta lógico que lo despidieran de su primer trabajo al enterarse que le dijo "viejo alcahuete, cagón y pingüino" a un señor de 85 años con lumbalgia crónica. Lo que facilitaba el ejercicio de su profesión era el cordial trato que mantenía con los neutrales. Más allá de su aversión por los simpatizantes del Club Boca Juniors, a los que no digería demasiado, mantiene cierta decencia para con el resto de sus adversarios.

Lo irreversible, lo que hizo sucumbir por completo la carrera de Rigoberti, sucedió hace siete años. El tipo te cuenta esto con orgullo, sin que se le mueva un músculo del rostro. Con total impunidad. En aquel entonces se encontraba trabajando para una clínica deportiva de alto rendimiento, la que a su vez servía como apoyo al departamento de kinesiología de clubes profesionales de diversas disciplinas. Los resultados fueron inobjetables, llegando a rehabilitar esguinces y distensiones severas en tiempo record. No fueron pocas las ofertas que recibió del exterior, entre ellas la posibilidad de trabajar en el cuerpo médico de los Castores de la Universidad de Oregón, pero rechazó todas las propuestas por no querer alejarse del club de sus amores. Los dueños de la clínica le habían prohibido consultar a sus pacientes sobre sus preferencias deportivas. Naturalmente, se le escapaba algún que otro comentario, pero nada de ostensible gravedad.

Una tarde de primavera vio ingresar a la clínica al entonces número “9” y figura de Newell's Old Boys de Rosario. Llevaba puestos pantalones de La Lepra y pegado en el termo stickers con frases como "Parlante No" y "Matar al sinaliento". Rigoberti quedó petrificado algunos minutos con la mirada perdida en la ignominia de los colores. Sintió que se moría, que se desmayaba ahí mismo, arriba de los senos de la anciana a la que le estaba rehabilitando el bíceps. Más aún cuando a una distancia prudente logró reconocer que tenía retratado a Marcelo Bielsa en el muslo derecho. Corresponde advertir que aquel joven norteño no tenía noción de la rivalidad autóctona, carecía de los códigos futbolísticos que ha mamado todo rosarino, expertos equilibristas entre la cargada y la insolencia. Había desembarcado en la clínica para tratar una contractura en el gemelo de su pierna hábil. Apuntaba a llegar óptimo al clásico, que se jugaría el domingo próximo en el Gigante de Arroyito. Para la institución, aquella era una oportunidad para posicionarse entre los mejores centros de rehabilitación de la ciudad. Para Rigoberti era un dilema. ¿Cómo podría mirar a los muchachos a los ojos y decirles: “sí, fui yo. Soy el responsable de que ese cuatro de copas nos haya vacunado a domicilio”. Era un morocho oriundo del Chaco, de un metro noventa y semblante imponente. Su procedencia se contradecía con su verborragia y alto perfil. Le decía a Rigboerti que le iba a clavar tres pepas a domicilio, que lo iba a buscar en la popular para gritarle los goles en la jeta, que con el equipo de “B” Metropolitana que tenía el Central de aquel entonces era mejor no presentarse al cotejo. Era inobjetable que el equipo canalla era precario. Al número 2, que era dubitativo en la toma de decisiones y le faltaba explosión, se lo había visto en más de una ocasión pasado de tragos y rodeado de mujeres. El otro zaguero, de cabezazo limitado y excesivo tejido adiposo, se encontraba a disposición de la justicia por portación de armas de guerra. En cambio, el delantero del rojinegro tenía cinco goles de cabeza en seis partidos disputados. Decían que se daba testazos con los pecaríes en lo profundo del impenetrable chaqueño. Al principio, Rigoberti supo lidiar con la presión. Pensó que, si un infarto no lo asaltaba por el disgusto, al menos iba a mantener el prestigio que tanto le había costado construir. Con un poco de suerte, ninguno de los muchachos se iba a enterar de la felonía y después de un tiempo de terapia lo hubiese podido superar. Pero el muchachito cruzó un límite irreconciliable. Se atrevió a mofarse con el descenso. Tocó una fibra muy delicada, se metió en las entretelas más profundas de los sentimientos de Nicolás. En su defensa, entiendo que no debe haber estado al tanto de que aquel día Rigoberti coqueteó con el suicidio. Escribió una carta de despedida donde explicaba el sinsentido que sería su vida a partir del suceso. Aún hoy no sé sabe a ciencia cierta que lo hizo recapacitar. La cargada fue un puñal. Lo largó sin ningún tipo de códigos ni decencia. Balbuceó algo del 3-0 en la promoción. Rigoberti no escuchó nítida la frase por el mareo que le produjo la primera oración. Lo más verosímil es que haya dicho lo siguiente: “si hubiese estado yo, esa tarde perdían por cinco goles de diferencia. Muertos de hambre”. El kinesiólogo no contestó. Masticó la rabia y rumió sus ganas de destriparlo frente al equipo sub-14 de Hockey Femenino del Club Gimnasia y Esgrima. Tomo aire y agachó la cabeza. Sabía que escupir para arriba es un hábito innecesariamente peligroso.

El viernes anterior al partido lo hizo acostar boca abajo en la camilla terapéutica. Desnudó su pierna derecha, dejando el gemelo fláccido frente a sus entrenadas manos. El joven tenía la pantorrilla rasurada y una serie de tatuajes inteligibles repartidos por doquier. Rigoberti le explicó que a los fines de tratar la crispación era necesario aplicar una novedosa técnica alemana de masajes linfáticos que dejarían óptimo el músculo para el día domingo. La víctima se relajó hasta la somnolencia, estirado cuan largo era sobre la camilla. Ni la alevosía de la escena, ni la culpa de poder lastimar a una promesa del fútbol argentino lograron hacer titubear a Rigoberti. Así, incrustó con determinación el pulgar sobre una fibra clave del músculo. Puso en práctica cada uno de sus dieciocho años de prácticas kinesiológicas en aquella punción. El chaqueño saltó de la camilla con un grito de dolor. “¿Estás loco?” lo increpó. "Es normal" contestó Rigoberti, con voz calma. "Mañana vas a estar diez puntos."

La vorágine del partido sepultó el suceso del viernes. El domingo, como toda jornada de clásico, llegó lento. En la ciudad se respiraba un aire caldeado. En los pasillos de los locales se rumoreaba que el 9 rival llegaba tocado de la gamba. Rigoberti se ubicó dónde siempre, sobre el paravalancha de la popular local. Hacía cuatro días que no dormía, un poco por los nervios y otro poco por sopesar las consecuencias de arrojarle un proyectil al chaqueño desde la tribuna. Cuando los visitantes salieron a calentar, la gente se le fue al humo. El Gigante era un hervidero, hacía 45 grados y no cabía un alfiler. Rigoberti descifró la cara de espanto del cachorro, escondida detrás de un semblante impasible. Pero nadie podía objetar que el tipo fuera realmente bueno con la pelota en sus pies. Un viejo de la popular comentó que había escuchado por la radio que lo pretendían de Europa.

A los cinco minutos de partido el volante de la visita (de buen pie, por cierto) cruza un pelotazo al espacio, detrás de la espalda de los zagueros. La pelota viajó lenta, fofa, pesada. El delantero se dispuso a correr gaxie el campo abierto, terreno donde claramente le sacaba ventaja al defensor casi retirado. En los cinco primeros metros de carrera, le sacó al menos cuatro al central auriazul. Rigoberti se escondió entre sus manos. Para dominar la pelota el chaqueño pegó un salto armónico, sutil, como una bailarina del ballet de Bolshoi, con una pierna estirada sobre la altura de la cabeza. Justo cuando estaba apunto de aterrizar, el tiempo pareció detenerse. El tipo cayó desplomado en el pasto, con el balón dormido frente a él. A los tres segundos llegó el relevo del número 2, que incrustó la uña en la redonda y la hizo desembarcar en la platea alta. Parecía haber sido víctima de un francotirador de los Navy Seal. Se retorcía del dolor. "Se desgarró, se desgarró" gritó el “Verdulero” Gonzalez. "¡Tenés miedo, cagón hijo de remil putas!” replicó “Sorbete” Altamirano. “¡Tiene miedo, el 9 tiene miedo!” retumbaba en cada rincón del estadio. El técnico visitante miró al cielo, mientras el local daba indicaciones tácticas.

De adentro del campo el médico esbozó un ademán con sus dedos índices. Se le leen los labios: “no va más”. Rigoberti miraba inmovil desde la tribuna. No se animó a gritar. Llovían escupitajos y proyectiles de todos lados. El chaqueño no levantó la mirada ni un sólo segundo en su viaje hacia el banco de suplentes. A partir de ese momento, fue un baile inaudito. Los rojinegros no podían dar dos pases sin tirarla al cartel de publicidades. El volante creativo desapareció de la cancha, se escondía detrás del rudimentario número 5 canalla, que se había convertido en Patrick Vieira. El 2 ahora tenía cositas de Beckenbauer y el 6 empezó a despejar los centros como Sergio Ramos. ¡Qué paradoja que terminara haciendo un golazo de cabeza! El partido se cerró 3-0. El bisoño se fue llorando desconsolado, con una bolsa de hielo atada a la pantorrilla. Fue su primer y último clásico. Lo transfirieron al fútbol chileno algunas semanas después. “No tiene herramientas para lidiar con la presión” fue el argumento. Le consulté a Rigoberti si el peso de la culpa le quitaba el sueño. “¡Já, un carajo!” contestó.

Era de esperarse que después de algunos estudios, saltara que el pulgar de Rigoberti había sido el responsable de la lesión. "La mala praxis y negligencia de un kinesiólogo explican la derrota de ayer" titularon los medios partidarios de la Lepra. Al mes lo despidieron de la clínica y no volvió a conseguir trabajo en el ámbito del deporte profesional. Durante un tiempo intentó rehabilitar algunos abuelos que le derivaban los geriátricos.

Nicolás maneja 12 horas en el turno de la noche. Aspira a poder comprar su propio Taxi algún día. Tiene fe que todo va a mejorar. Parece sentirse orgulloso de sus actos, y hasta lo relata con cierto regocijo. Dice que él es feliz arriba del auto. Ahí puede escuchar todos los partidos sin distracciones. Y bajar a "Los Desviados" a mitad de trayecto