← VOLVER A CUENTOS

En el paredón de la cancha número “5” todavía puede verse clavada una camiseta de fútbol. Desde entonces, nadie se ha animado a tocarla. Algunos por conocer esta historia, otros porque una absurda intuición así se los recomienda. Es el único adorno que puede verse en esa enorme barrera de hormigón de tres metros de alto que separa lo tolerable de lo inadmisible. Con el pasar de los años aquel trapo se fue convirtiendo en una leyenda entre los jugadores a los que les tocaba jugar en esa cancha. He escuchado muchas versiones, desde los que dicen que apareció de un día para el otro, como por arte de magia, hasta los que argumentan que es en homenaje a un joven que murió por un ataque al corazón en pleno partido. Las interpretaciones son diversas pero, en rigor de verdad, nadie ha podido argumentar con solvencia como ese harapo ha resistido tantos años a la intemperie, siendo víctima de las más furiosas tempestades. El hecho es que sigue ahí, incólume y a la vista de todos, para que los románticos construyan sus propias epopeyas y los escépticos se sorprendan por la calidad de la tela.

Cuando nuevamente nos mandaron a jugar a la cancha “5” Gastón lanzó al cielo un insulto ocurrente y bien pensado. Se acordó de los familiares de los organizadores y juró que sería la última vez que jugaría ese torneo de mala muerte, donde los campos de juego están más cerca del cemento que del pasto. Mientras se cargaba el bolso al hombro y se disponía a atravesar el descampado repleto de escabrosos yuyales reflexionaba que, a fin de cuentas, teníamos nuestra cuota de responsabilidad por estar abulonados al fondo de la tabla todos los benditos torneos. Por eso nos tocaba siempre la última cancha, la que estaba perdida cerca del terraplén, escondida entre inmensos árboles y repleta de cardos. Jugar ahí era una penitencia, un estigma que te recordaba cada sábado lo terribles que éramos con la pelota. A esa altura del predio ya no quedaba nadie; sólo el árbitro, los jugadores y alguna que otra novia verdaderamente enceguecida. El terraplén y el paredón nos separaban de uno de los barrios más complicados de la zona. Aunque el campo era de tierra, podían verse algunas salpicaduras de pasto heterogéneas cerca de los corners.

En el peregrinaje sólo se oían insultos.

—Es la última vez que nos inscribimos— acotó Juan, quejumbroso.

—Yo les avisé— murmuró el Negro.

Octavio, intentando rescatar algún atisbo de optimismo, argumentó que sólo restaban veinte fechas y que por ese precio era lo mejorcito que podíamos conseguir.

Los partidos pasaban demasiado rápido; los raspones apenas llegaban a formar costra y los moretones nunca perdían ese color purpúreo desagradable. Nuestra forma de juego, rudimentaria e imprecisa, exigía ir mucho al piso y convivir con los golpes. Nunca nos habíamos quejado del asunto, eramos conscientes que teníamos que aprender a presentar batalla con los argumentos que teníamos a mano. Éramos un equipo con tamaño e intentábamos exprimir nuestro único atributo. Pero evidentemente no lo hacíamos de la mejor manera ya que acumulábamos trece derrotas en quince partidos. El empate lo habíamos conseguido sobre la hora y se había festejado como un título. Nuestro único triunfo era menos meritorio por el hecho de que los oponentes habían tenido un casamiento la noche anterior habiéndose presentado sin dormir y con claras muestras de alcohol en el organismo.

A la fecha diecisiete llegamos completamente desanimados. El equipo había perdido hasta el último ápice de esperanza y estábamos pronto a abandonar el torneo pese a mi convicción de que debíamos morir dando pelea. Ni bien llegábamos ya éramos consciente que nuestro destino estaba marcado, que recorreríamos las canchas verdes y prolijas, con el césped recientemente podado y las redes meticulosamente anudadas, bajo la inclemente mirada de los primeros de la tabla. Nos veían con lástima desfilar hacia el campo de tierra y los arcos enclenques. Caminábamos cabizbajos, intentando que no nos reconociera ningún compañero de trabajo ni el amigo de algún pariente.

Creo que fue en la fecha veinte cuando lo vi por primera vez, encubierto detrás de un pino. Miraba nuestro partido a lo lejos, furtivamente, consciente de que si era descubierto lo enviarían sin escalas al otro lado del paredón. Con la mirada intenté decirle que no había de qué preocuparse, que nadie de la organización merodeaba la zona. No necesité que se acercara demasiado para notar que no tenía más de doce o trece años. Vestía un short maltrecho de Racing y unas ojotas sucias con las tiras desprendidas, junto con una camiseta raída del Barcelona, víctima de un tajo profundo bajo la manga izquierda, a la altura del dorsal. Su tez oscura lo camuflaba bastante bien en la sombra que regalaba el árbol. Después de rato se sentó en canastita, con una pelota sobre sus piernas y con las manos sosteniendo los cachetes.

"Vos que estás de suplente, quédate cerca de las mochilas, por las dudas" me advirtieron desde adentro del campo. “No pierdas de vista los bolsos” agregó otro, que no había escuchado la primera alerta por jugar en la otra punta de la cancha. Los primeros partidos pensamos que era casualidad, que venía a buscar la pelota que pateaba desde el otro lado del muro. Sin embargo, al tercer partido que lo vimos sentado contra el tapial, pasamos a elucubrar otras teorías, a esconder y vigilar los bolsos y botines. Teníamos que estar atentos porque más allá de algunas esporádicas visitas de la novia insoportable de Agustín o el papá gritón de Ezequiel, no teníamos ningún otro hincha en el cual confiar.

Con el correr de los partidos se convirtió en un fiel simpatizante. Se escurría por un diminuto pozo que había debajo del tapial y se sentaba junto al pino a observar nuestro indigno papel. Era común ver a la gente abarrotada en la cancha principal, incluso en la cancha 2, pero ver alguien que se interese por nosotros era verdaderamente conmocionante. Estábamos olvidados, acariciando el terraplén en el lateral y contra un muro de apariencia penitenciaria. Los equipos pensaban que el complejo tenía sólo cuatro cancha, hasta que los mandaban para allá.

No sé cuándo fue que los adversarios empezaron a temernos. Creo que fue después de rescatar tres empates al hilo contra equipos bien posicionados y con una buena cantidad de puntos. De un momento para el otro jugar en "la 5" se convirtió en una empresa más brava que ir a jugar a Gregorio Laferrere o la cancha de Almirante Brown. La excusa del deplorable estado del campo nos permitía jugar espantoso y los resultados empezaron a sonreírnos.

—No llegó nuestro barrabrava— se divertía Gastón mientras se calzaba los botines.

—Ojo que nos está trayendo suerte, eh. Desde que viene ganamos tres partidos al hilo— respondieron.

—Regalémosle una camiseta— acotó Franco, el capitán— está ahí sentado aunque llueva, haga trescientos grados o juguemos a las nueve de la noche.

—¡Eh, pibe!— gritó sacudiendo la mano en señal de que se acerque— vení, vení. Vení para acá que te queremos dar algo.

La camiseta del Valencia que usábamos en aquel momento le ocultaba por completo el short y, visto desde atrás, sólo se veían dos alfileres nacer en la casaca y morir en las ojotas.

El partido contra los escoltas estuvo picado desde la previa. No nos olvidábamos las cargadas que nos habían deslizado cuando pasábamos por en frente de ellos. Se la teníamos jurada, no veíamos la hora de que les toque visitarnos. Yo había salido en el entretiempo después de una primera mitad con tres amonestados por lado y una patada que sacó a un rival de la cancha. El ambiente estaba tenso y la falta de personalidad del árbitro complicaba aún más la cosa. Me senté a un costado dispuesto a observar al detalle cada posesión, cada jugada y cada movimiento del rival. Siempre era importante la visión que tenía el que estaba afuera.

—¿Cómo se llama tu equipo?— pronunció una voz aniñada detrás mío.

Levanté la cabeza mientras me secaba la transpiración con el hombro.

—Perdón Pelé— le contesté jocoso— si, ya sé, no te rías, no fue idea mía.

—No lo entiendo— respondió.

—Por lo menos la camiseta está buena ¿o no?.

Asintió con la cabeza.

—Papá dice que es un buen club. Que ahí jugó el Kily Gonzalez.

—Claro, sí. Hace mucho igual. Imagínate que yo tenía tres o cuatro años y vos no habías nacido. Dicen que la rompió ¿vos jugás?.

—Cuando puedo. Acá atrás de la pared hay una canchita de tierra, pero a veces se complica— suspiró— juegan los pibes más grandes y suelen sacarnos.

—Bueno, uno nunca sabe. Quizás algún día jugás en la cancha de Racing.

—Papá dice que tengo condiciones.

—¿De qué jugás?

—Qué sé yo, de lo que haga falta.

Al ver que yo estaba más concentrado en el partido que en nuestra conversación, giró sobre su eje y apuntó nuevamente hacia el pino.

—Te podés quedar acá, se ve mejor el partido. Además nos estás trayendo suerte.

—No, no. Prefiero desde allá, sino los árbitros me cagan a pedos.

—¿Cómo te llamás?— le consulté en plena retirada?— así les comento a los chicos el nombre de nuestro mejor hincha.

—Creo que soy el único que tienen— largó mientras miraba alrededor del descampado dónde sólo se veía un caballo a lo lejos— Esteban. Esteban García.

Ese día ganamos tres a uno y nos consolidamos como un rival verdaderamente bravo.

Los meses fueron pasando y nosotros nos sentíamos cada vez más sólidos. Podías contar con los dedos de una mano los goles que había recibido nuestra defensa y, en ataque, siempre nos quedaba alguna que sabíamos aprovechar. Si bien no nos sobraba nada cada partido nos faltaba menos. Tanto fue así que sobre las últimas fechas nos empezaron a ofrecer jugar en la cancha principal, a lo que Franco se plantaba diciendo que preferíamos la 5, la última, la que está llegando al terraplén.

Nuestra hinchada unipersonal se mantuvo estoico debajo de la sombra del pino con la camiseta del Valencia que le habíamos obsequiado. No faltó ni un sólo partido, no importa cual fuera la condición climática. Si bien nos ubicabamos lejos de los primeros puestos nos manteníamos estables en la mitad de la tabla, lo que nos permitía soñar con meternos en los playoff. Con el tiempo hasta empezó a gritar nuestros goles y a darnos consejos tácticos. Más de una vez lo invitamos a acercarse, le explicamos que los árbitros no era un problema si estaba con nosotros. Igualmente él decidía ver el partido desde la más lejana platea. Antes de irnos, cuando aunábamos los botines y camisetas en los bolsos, le levantábamos la mano y lo despedíamos entre gritos y señas. Acto seguido, luego de desprender una sonrisa y levantarse la gorra, desaparecía como una laucha por el pozo de la pared. Alguna vez me comentó que le hablaba de nosotros a su papá Edgardo, que él le había explicado quién había sido Pelé, por lo que empezó a entender el nombre del equipo.

—Ojalá papá alguna vez pueda venir a verlos jugar, aunque sean malísimos. Igualmente están mejorando. Tal vez el año que viene jueguen adelante. El problema del gordo es que no pasa por el pozo, y por el frente no lo dejan entrar.

En la fecha veinte el sueño de los play-off se había convertido en una realidad, producto de una solidez defensiva realmente envidiable. Venían a visitarnos los líricos con botines fluorescentes y camisetas caras con sus nombres en la espalda, pero se iban embarrados y con algunos souvenirs en el cuerpo.

Llegamos a la última fecha con chances tangibles de meternos entre los ocho primeros. Nos cambiabamos callados, profundamente concentrados, viviendo prematuramente la vorágine del partido. Yo sacaba las medias del botinero cuando Franco me interrumpió:

—Qué raro, no está el pibe.

—Concéntrate acá. Ya va a llegar. Vos metete acá— lo adoctrinó Gastón.

El resultado de aquel día es anecdótico, más allá del baile que nos dieron y de habernos quedado afuera de la instancia decisiva.

El buen desempeño del equipo nos llevó a inscribirnos en el torneo siguiente. Pasaron las semanas sin señales de nuestro amuleto. En cada pelota parada o en los leves intervalos de los partidos, yo miraba de reojo el árbol. A veces ojeaba el pozo, esperando ver reptar la camiseta del Valencia por abajo del hormigón.

Al cabo de un tiempo concluímos que le había aburrido el fútbol rocoso y deslucido que mostrababamos, más allá de la buena racha que habíamos cosechado. Quizás había conseguido alguna changa que lo ocupaba, empezado la escuela o conocido alguna chica en el barrio. Existía la posibilidad, por qué no, de haber quedado en las inferiores de algún club de primera división, lo que lo llevó a mudarse a otra latitud de nuestro inmenso país.

Ese invierno fue particularmente frío y nuevamente se había instalado en el equipo la idea de abandonar el torneo a medio empezar. Empatábamos en cero en un partido intrascendente, con un rival mediocre como nosotros, cuando el tiempo se detuvo. Ellos seguían jugando, moviendo la pelota y gritando indicaciones, pero todos nosotros quedamos inmóviles en nuestro lugar de la cancha. El sudor se me congeló y me concentré en la escena. Un hombre de unos cuarenta años horriblemente vividos se arrimaba a lo lejos. Caminaba lento, con un andar hamacado y arrastrando los pies sin levantar la vista del suelo. Entre las manos callosas pude ver una camiseta blanca, hecha un bollo. Así, caminó hasta el paredón y sacó de una bolsa dos clavos y un martillo. Incrustó la camiseta en la pared con dos mazazos certeros a la altura de los hombros. Luego se dio vuelta para mirarnos fijamente, reposando la mirada en cada uno de nosotros con un gesto afectuoso. Infló el pecho y se irguió por primera vez. Se sacó la gorra, cerró los ojos y asintió con la cabeza. Octavio, que tiene mejor vista que yo, dice que vio una lágrima.