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Soy un fiel seguidor del escritor Hernán Casciari. Seguramente su prosa no sea la más ornamentada, pero lo cierto es que disfruto de su manera coloquial, y a su vez extremadamente profunda, de relatar lo cotidiano. Hace algunos días me pidieron que escribiera unas palabras para mi querida Facultad de Derecho. Al recibir el encargo, casi instintivamente recordé que Hernán tiene un cuento que se llama “Los abogados” que nunca me había detenido a leer. Pensé que aquel relato podía ser la musa inspiradora que me motivara a escribir unas preciosas líneas sobre la profesión que muchos elegimos. Es verdad, algunos más convencidos que otros. Ya leído el texto robaría una metáfora, rescataría alguna opinión de Hernán que siempre comparto, o simplemente atesoraría el placer de disfrutar de un lindo cuento.

Un capricho mío es siempre preferir la lectura antes que la escucha. Lamentablemente sólo conseguí la versión de Spotify. Apague la luz para ahondar sin distracciones el relato que no duraba más de cinco minutos. Me puse los auriculares, le di play a la grabación y cerré los ojos. “Me caen mal los abogados” fue la primera frase de la narración. Luego Hernán dejó unos minutos de silencio para que el lector la digiera, como debe hacerse después de afirmaciones contundentes. En ese intervalo de mutismo abrí los párpados sorprendido. “Está bien”, me dije, debe ser un comienzo disruptivo para aferrar al lector a la historia. Lejos de eso, las oraciones del escritor eran cada vez más demoledoras para mi autoestima. “Por plata tienen permitido mentir y falsear la realidad, porque el mejor abogado es siempre el más hijo de puta...” El cuento, que están invitados a leer, siempre y cuando no estudien derecho, continúa hablando de los oficios. Según Hernán, sólo hay dos tipos de oficios en el mundo: los nobles y los corruptos. Nosotros, lógicamente, estamos dentro de los segundos. Nos acompañan policías, políticos y árbitros de fútbol. Somos ese conjunto de profesiones impuras, que según él, existimos desde que el mundo es una mierda. En frente nuestro, del lado de los oficios inocentes, puros y necesarios, están las putas, los payasos, los panaderos y los ebanistas. También los constructores y los artesanos. Estos últimos oficios son genuinos, se basan en principios cabales y tienen en común la inocencia. Los abogados, en cambio, encabezamos el catálogo de los soretes.

Cuando Casciari terminó el relato ya no me quedaban ganas de escribir. Cavilé incluso sobre la elección de la carrera, la cual creía haber escogido con certeza. Me visualicé vestido de traje, entrando a tribunales, mientras dos panaderos cuchichean a mis espaldas “Mirá, ahí está el hijo de puta de Hodgers” se dirán entre colegas de profesiones magnánimas. Los payasos no querrán asistir al cumpleaños de mi hijo cuando les diga que trabajo de abogado y el plomero no me atenderá el teléfono. ¡¿Qué dirá mi familia?! ¿pensarán que escogí esta profesión porque soy el más garca de la parentela? ¿les dará vergüenza a mis hijos decir de qué trabaja el papá?¿mentirán y dirán que soy contador?. Desparramado en la cama las frases de Hernán me atribulaban; “esos tipos cobran por mentir y usan palabras inventadas, no podemos esperar nada de ellos”. Y tenía razón... Para nosotros un auto no es un coche, un tenedor no es un cubierto, un fallo no es un yerro y la mora no es una fruta. Las costas no son de playa y amparo no es un nombre. En nuestro oficio artificial “perder el juicio” no es volverse loco, aunque se asemeje bastante.

Pensé en dejar la carrera y comenzar a estudiar carpintería. Aquel oficio inmemorial seguro formaba parte de los nobles. Acto continuo le mandé un mensaje a mi mejor amigo, que estudia medicina, preguntándole si él pensaba que yo era un inescrupuloso. “Obvio que sí” me contestó “como todo estudiante de Derecho”. Entonces resucité una frase de mi profesor de Civil I que, hasta ese momento, no le había dado mayor importancia: “ustedes entran acá queriendo cambiar el mundo y salen queriendo cambiar el auto”.

Algo tan inocuo como una grabación había puesto en jaque mis más sólidas decisiones. En un mecanismo de defensa inconsciente me puse a investigar en qué materia de nuestra facultad nos enseñan a no cagar a la gente. No encontré ninguna. Indagué los programas de las materias y examiné las cátedras con sus respectivos docentes. En Constitucional nos enseñan los derechos y garantías, en Penal los delitos y en Títulos los papeles. En Procesal nos explican los juicios, en Tributario los impuestos y en Obligaciones la solidaridad. Ésta última, una palabra hermosa, que tranquilamente podría usar cualquier oficio noble, nosotros nos encargamos de prostituirla y la usamos para referirnos a la característica de un deudor.

Me di por vencido. Concebí mi vida chantajeando a las personas. La gente me verá pasar y esconderá la billetera, las señoras mayores no querrán charlar conmigo en la cola del supermercado cuando se enteren de mi infame profesión y mi nuera le insistirá a mi mujer para que me deje y se busque un arquitecto. Me rodearé de políticos y árbitros de fútbol, profesiones asquerosas como la mía. Tomaré cafés con prestamistas y hasta quizás tenga la suerte de tener un amigo sicario. Mis cercanos ya no me hablarán, y sólo se acordarán de mí cuando tránsito los detenga con más alcohol en sangre de lo que permite la norma. O cuando un divorcio haga tambalear los rendimientos de sus oficios inimpugnables. Seré eso: un malandrín con un triste oficio.

Justo cuando terminaba de digerir mi destino la vi entrar a mi vieja. Llevaba la espalda torcida por el peso de los expedientes y los tacos se le notaban insoportables. Le pregunté cómo le había ido aquella mañana y me contestó que terrible. Sollozando me explicó que se había peleado con un Juez porque el hombre no quería decretar 5 mil pesos de alimentos para un hijo discapacitado. Después, todo en los antojos del mismo día, tuvo que lidiar con una abogada inmoral, un perito corrupto y una Secretaria petulante. “Elegí mal esta profesión, creo que no es para mí” cerró mi vieja.

Otra vez, Hernán tenía razón. Nosotros, los abogados, existimos desde que el mundo dejó de ser un lugar bucólico. Nos hicimos presentes cuando el artesano no quiso entregar su manualidad y puteó a un cliente, cuando el arquitecto construyó la casa desganado y cuando el médico postergó la urgencia de un paciente. Venimos a posteriori de la degeneración, acompañando las desgracias y lucrando con ellas.

Pero ahí estaba mi vieja, llorando por un nene discapacitado que quizás no comería esa noche. Entonces entendí que aunque vayamos a formar parte de la profesión más aciaga de todas, nos conocerán por cada expediente que llevemos, por cada persona que defendamos y por cada renglón que escribamos en los alegatos de nuestra historia. Cuando tengamos este título que tanto anhelamos, tendremos con él la herramienta que nos permita defender cada uno de los principios que creemos correctos. Sólo depende de nosotros. Ayer, leyendo un pequeño cuento inofensivo descubrí que en nuestro oficio dicotómico de actores y demandados, fiscales y defensores, deudores y acreedores... es uno el que decide quién ser.