A mí me gustaría contarles cómo con mi viejo recorrimos una Nación. Cómo fue que transitamos la inabarcable monotonía pampeana buscando una mujer. Si… una mina, muchachos. Cómo caminamos codo a codo por los más insólitos plantíos, los más tristes y olvidados parajes, los más intrascendentes pueblos, extraviados en el aburrimiento de nuestra inmensa llanura. Todos los viernes nos subíamos al Corsita gris y, llenos de esa ingenuidad que necesita todo aquel que persigue una quimera, nos disponíamos a perseguir el atisbo que nos lleve a encontrar a Marisa Gutierrez. A esa mujer, que no era más que una anécdota.
Hasta el día de hoy la seguimos buscando sin vacilaciones ni reproches, porque estamos convencidos que nuestro lazo nos lo impone. Es cierto que en este tiempo hemos perdido ahínco, y nuestro optimismo se ha visto debilitado al no tener noticia alguna de su paradero. Han pasado muchos años sin recibir novedades que nos resuciten la esperanza. No sabemos si vive, y si lo hace, no sabemos dónde. No sabemos si se casó, si ha tenido hijos, si conserva ese pelo morocho hasta la cintura del que tanto Gustavo nos habló o sí el paso de los años la han teñido de blanco y acortado la rebeldía de la cabellera. No sabemos si se acuerda de mi viejo o de mí, si nos piensa, si alguna noche la desvela el encontrarnos tanto como nos afana a nosotros. Ni siquiera sabemos si le interesa saber qué pasó aquella noche de diciembre del 2008, cuando todo se jodió y le perdimos el rastro para siempre. Como no sabemos nada, nos negamos a descontinuar la búsqueda así como así, de un día para el otro, como si hubiésemos perdido un par de medias, y no a la única mujer que supo amar al asqueroso y maleducado de mi tío.
Gustavo es un hombre al que los vientos de la vida le han soplado fuerte. En cada gesto y ademán, en las expresiones de sus ojos y en lo lacónico de su hablar se trasluce un hombre abatido y resignado al devenir de los años. Vive en un pueblo de tres mil habitantes, en algún lugar del Oeste de Santa Fe. Es un hombre que ha decidido olvidar al mundo y el mundo ha hecho lo mismo con él. Empieza el día a las cinco de la mañana y lo termina cuando los quehaceres rurales se lo imponen. Habla poco, y poco también rezonga. Transita sus días hundido en el barro de la guachera, en un bucle interminable de terneros, novillos y vaquillonas. Quienes recién lo descubren no encuentran más que un hombre de laburo; básico y hosco, de los que no escupen la rabia pero la ingenuidad de sus gestos los incriminan. No se reprocha haberse quedado en el pueblo cuando toda su familia partió para Rosario, ni le molesta no tener más que nuestra visita alguna vez por año. Creo que el tipo sabe que no es alguien fácil de tratar y todos los días elige ser el hombre odioso que todos contemplan. Y aquí lo extraño de esta historia, lo inverosímil de ver un hombre de sus características sintiendo algo que no sea desprecio. Yo sólo conocí un Gustavo: el hombre repulsivo que no titubea al eructarte en la cara o en decirte que tenés cara de maricón o manos de señorita. Un ser atiborrado de rencores que espera paciente el día en que se vea enredado en una trifulca de alcohólicos fracasados y tristes como él, quizás con la suerte de que alguno más loco le perfore un pulmón de un cuchillazo. Pero, según cuentan en la familia, con Marisa supo ser otro. Se lo veía con una sonrisa impregnada en la cara mientras arreaba los tropeles o adecentaba la tapera, y hasta se daba el lujo de regalar algún chiste o un piropo a las señoras del hogar de ancianos, que por ese entonces lo conocían como “Gustavito”, y le devolvían los besos soplando la palma de la mano.
Les cuento todo esto, a ustedes queridos amigos, porque estoy seguro que si el hombre no se colgó en el medio del monte es porque subsiste la esperanza de encontrarla. El anhelo de revivirla es el néctar que lo lleva a levantarse todos los días a la par del sol para embarrarse las botas. Necesita poder explicarle lo que pasó esa noche. Así subsiste, errante y rutinario como un autómata, esperando que esa mujer aparezca un día en su casa, en ese sórdido pueblo, dispuesta a tratar de entender lo que pasó hace más de diez años en Córdoba. Gustavo cree que a pesar de la ira que aún habita en ella, de su fastidio a todas luces justificado, Marisa le daría otra oportunidad si escuchara lo que él tiene para decir. O, al menos, lo conformaría un perdón.
Es necesario volver algo hacia atrás. La conoció en el año 2008, cuando Gustavo tomó la decisión de abrir un blog. Un cáncer terminal hepático le había arrebatado a su mejor amigo y buscaba una gota de consuelo a tanto desamparo. La idea era atraer personas que estuviesen atravesando la misma aflicción, y compartir en la nube lo que pueda ayudarlos a transitar el abatimiento. Jamás contempló que entre todos esos cibernautas podía toparse con el amor de su vida. Hasta que un día una notificación en el lateral izquierdo de la pantalla le comunicó que una usuario, hasta ese entonces desconocida, se había unido a la comunidad. Irrumpió en el blog contando una experiencia desgarradora; su mejor amiga, una surfista profesional, se encontraba compitiendo en Australia cuando un tiburón, al confundir la tabla de la surfista con el caparazón de un testudín, le arrancó de cuajo una pierna. Resulta ser que la mujer sobrevivió, pero jamás regresó a la Argentina. Según la misma Marisa contó en el foro, la joven prefería vivir en Australia con un miembro extirpado, nulo nivel de inglés y lejos de sus seres queridos, antes que volver a tributar en nuestra preciosa patria. Este infortunio convirtió a Marisa en una miembro habitué del foro, y para todas las desgracias que compartían los apesadumbrados ella tenía una palabra precisa, un consejo certero o una sentencia útil para sobrellevar el duelo. Así fue como una horrible tragedia encontró a dos almas errantes. Gustavo encontró en ella un sostén, un bálsamo efectivo para despistar los pensamientos de su vida miserable. No veía la hora de regresar del campo para encender la computadora, y quedarse horas y horas pegado a la pantalla debatiendo insignificancias o explicando lo despiadada que era la vida en el campo, con el fin de que ella le respondiera que lo esperaba en Mendoza, que la cordillera de los Andes ostenta un encanto intransmisible, y que además es sencillo conseguir trabajo. Se encontraban todas las noches a las 10. Él se servía un vaso de whisky que maridaba con un atado de Winston. No existían los Smartphones y enviar fotos era una odisea, así que tuvieron que sumergirse en el arte de la descripción y descubrirse mutuamente en cada adjetivo que la contraparte le arrimaba, en un acto de entrega y confianza. La dibujaba morocha y de ojos inciertos, tez aceitunada y cara angulosa. Gustavo nunca se atrevió a decirle que tenía algunos kilos demás y una cicatriz desprolija sobre la ceja, producto de la patada de un caballo. La aventura de lo anónimo se mantuvo varios meses, casi sin ausencias. No faltaron los reproches a la locura en la que estaban inmersos. Convivía con ellos el terror de la incertidumbre, el no saber si el otro tendría todos los dientes, si escupiría al hablar o si sería víctima de un TOC intolerable.
Cuando la distancia se convirtió en un flagelo intransitable, decidieron tomar el toro por las astas. Eligieron un lugar neutral. Un hotel pintoresco, escondido en las sierras cordobesas. Una semana antes de partir, Gustavo nos visitó en Rosario para invertir en ropa lo que no había gastado en cuarenta años de vida. Compró un traje italiano azul marino, una corbata ancha de un rojo chillón y unos zapatos Oxford que lo torturaban en cada rincón de los pies. Recién cuando terminó en la peluquería toda esa vestimenta le sentó menos ajena. Con el pelo prolijo y la barba rala el tipo intentaba divorciarse del montaraz hosco y grosero con el que había convivido hasta entonces. No es que haya renegado de quien era, sino que sabía que algunos sacrificios eran inevitables.
Lo que sabemos de aquel fin de semana del dos mil nueve, lo sabemos por el exclusivo testimonio de Gustavo Esperante, aunque es cierto que ha contado esto muy poco, porque cada vez que lo hace parece invadido por el odio de saberse un idiota.
La reconoció casi al instante, ni bien puso un pie en el suntuoso hotel. Lo esperaba de espaldas, sentada en una de las primeras mesas del restaurante, junto a un ventanal que presentaba un precioso lago iluminado junto a las sierras. Vio un vestido blanco, que contrastaba de manera llamativa con el cabello oscuro, que atusaba con movimientos sutiles del meñique. Tenía frente a él la escena que tantas veces lo había desvelado, la mujer que cercioraba que todo aquello no había sido una ensoñación ni una trampa. Todo había sido real. Gustavo se miró la panza, contempló los callos en las manos que el trabajo en el campo le había regalado y observó los zapatos Oxford que reemplazaban las Topper de lona. Entonces pareció titubear. Amagó a irse. Estaba convencido de que todo eso era mucho más de lo que él podía aspirar como hombre. Los pies le dolían y la corbata roja comenzó a asfixiarlo como un nudo de ahorcado, pero justo en ese instante ella ladeó la cabeza para contemplar la mirada inocente y humana de un tipo sin recursos de seducción. Le dibujó en el aire una seña para que se acerque. Recorrió sutilmente los labios con la lengua y le dió un sorbo al vino, para terminar guiñando el ojo derecho con una sensualidad llamativa. Tardó unos segundos en retomar la caminata, necesitaba un respiro para tomar coraje. Después se acomodó la camisa dentro del pantalón, respiró hondo y encaró hacia la mesa.
—Que linda que estás… —exclamó titubeando.
—Casi que parece que ya nos conocíamos— bromeó ella— ¿no me vas a invitar un trago?
Gustavo se sentó en la mesa y le arrimó un gesto al mozo.
—Un etiqueta negra para mí, y para la señorita…
—Un gintonic
—Un gintonic…
—Te noto algo nervioso— largó con voz calma, intentando imponer cierta serenidad.
—Soy nuevo en esto…— contestó Gustavo con un leve levantar de las cejas.
—Yo también…— respondió con ironía, para luego soltar una sonrisa que lo hipnotizó.
A partir de allí, todo es borroso e inteligible para Gustavo. Fue un whisky tras otro, para finalmente encontrarse en su habitación, sumergido en un mundo ajeno, enredado en un sinfín interminable de descubrimientos y agonías. Se entregó a los deseos de aquella sílfide sin vacilaciones, accediendo a impudicias que hubieran sido cruelmente condenadas bajo su propio juicio en condiciones ordinarias. Pero no lo eran. En esas cuatro paredes dejó de ser el Gustavo, y en los espasmos de lucidez aprovechaba para replantearse los años perdidos. Satisfechos los impulsos y ordenadas las ideas, descargada esa tensión que obnubila a lo más racionales y embrutece a lo más delicados, todo se derrumbó. Ella, irguiéndose en la cama, largó una frase que aún retumba en cada rincón de la conciencia de mi tío:
—¿Después de todo esto, no me vas a preguntar cómo me llamo?
—No jodás, Marisa— replicó mientras se secaba la transpiración con el brazo.
La mujer esbozó un gesto de confusión. Luego fue sólo silencio. Gustavo se puso los pantalones y corrió como pudo hasta el hall del hotel. Apuntó directamente a una de las computadoras e ingresó a su blog "SeanEternos". Ahí, en la misma casilla de mensajes que tantos meses lo había obnubilado frente a una pantalla, descansaba el mensaje de Marisa. El texto era corto pero autosuficiente: "Jamás esperé esto de vos" arrancaba diciendo. El resto del mensaje Gustavo no lo retuvo, a veces cuenta una cosa y otras una completamente diferente. Lo importante, lo autosuficiente, eran esas cinco palabras, que todavía hoy retumban en sus noches. Según constató Gustavo con el recepcionista del hotel, Marisa estaba registrada entre los huéspedes. Dio de baja su reserva a las 4:53 de la madrugada, luego de esperar alrededor de 6 horas sentada en otros de los restaurantes del establecimiento.
Desde ese día nunca volvió a saber de Marisa Gutiérrez. Aún la busca con la misma intensidad con la que lo hacía el primer día. No logró rastrear más que alguna homónima en las redes sociales. No la conoce; no sabe como luce, ni viste, ni que tan bien lleva sus años. Así que ya saben, queridos amigos, si alguna vez, por alguna de esas casualidades incomprensibles de la vida, se topan con Marisa Gutierrez, les pido que le hablen de Gustavo; un buen tipo, que aún busca al amor de su vida.