¿Te conté alguna vez la historia de Juancho con esa mina de Melincué? Te la tengo que haber contado, es buenísima esa anécdota. Seguro que te la conté, si casi lo matan al pobre pibe. Hay que tener cuidado con las minas con las que uno se enreda, Tomás.
Viste vos que la gente del interior es rara. Bueno, no sé si rara es la palabra correcta, distinta pongamosle. Sí, distinta. Diferente, digamos. Tiene otra onda, otro estilo. Se visten de forma peculiar, con esos jeans rajados a propósito y zapatillas de piloto de carrera. Le chantan el artículo a los nombres, empiezan a salir de joda a los once o doce años, aprenden a hacer willy en la moto antes que a caminar. Qué sé yo, para nosotros es un mundo completamente ajeno. Los rosarinos no conocemos toda esta cultura de la pampa intestina hasta que no nos metemos en la universidad. Recién ahí empezamos a interactuar. Los vemos en el patio de la facultad, con el mate debajo del brazo y una cara de cagazo que hasta te enternece. Y qué querés, Tomás, qué querés. Vos tenes que ponerte en el lugar de ellos. Te largan acá con diecisiete o dieciocho añitos, después de mamar en la televisión que descuartizaron no sé a cuántos tipos, que mataron no sé qué cantidad de policías. Que Los Monos esto, que Los Monos aquello. Mirá si no vas a tener cara de espanto. Por eso se aúnan, se cuidan entre ellos. Seamos sinceros, el rosarino es bastante cara de verga. Y perdón por el improperio, pero es así. Asumamoslo. Mirá si van a querer venir para acá, si esto es tierra de nadie. Estamos a la buena de Dios, olvidados por el mundo. Más vale que eligen quedarse en el pueblo, laburando en el quiosco o la ferretería del padre. Durmiendo la siesta y tomando mates en la vereda los jueves a la noche. A otra cosa mariposa.
Todo este preámbulo viene a cuentas de que Juancho es de Elortondo. Un pueblo extraviado en el culo del mundo, yendo para el sur por la ruta 90 . Lo tenés a Juancho ¿no? Lo invité un par de veces a comer asados al Club Mitre, seguro lo tenés. Rubiecito, bastante pinta. Bueno, cuestión que se vino para acá a estudiar ingeniería. Yo lo conocí la primera o la segunda semana de clases, en la UTN. Lo vi errando por los pasillos de la facultad, sólo como el Uno y con la mirada desorientada. No sé por qué pero me salió preguntarle si necesitaba algo. Que pum que pam, nos quedamos hablando un rato de la vida, de fútbol, de la carrera. En fin, de esas nimiedades que nos acercan a los hombres, que nos hacen sentir que tenemos mucho más en común de lo que pensamos. A partir de ahí nos hicimos amigos. Muy amigos. Tanto que algunos fines de semanas me las tomaba para Elortondo. Jugábamos a la pelota y salíamos por aquellos pagos. No sabés lo que es eso. La plaza San Martín tiene más metros cuadrados. Te distrajiste, te pasaste dos cuadras, y te quedaste sin pueblo. Te encontrás en un camino de tierra y animales por todos lados. Sí, sí, vos te cagás de risa, pero es que para mí era una extrañeza. A las dos de la tarde muere todo, se apaga el pueblo; no hay médicos, ni policías ni bomberos. Si te da un paro cardíaco a la una, sonaste viejo. Mala suerte. Te dicen señor, llámeme después de la cuatro.
La cosa es que es habitual que vos andes con minas "de la zona" como dicen ellos. O sea, de otras localidades vecinas. Como si fuese un consorcio de pueblos ¿entendés? Como en las polis griegas ¿Era más o menos así en Grecia, o no? Bue, qué sé yo.
Entonces, si me venís siguiendo el hilo, si le estuviste prestando atención a mi relato, no te parecerá una rareza que Juancho haya empezado a salir con una mina de Melincué, un pueblo a un par de kilómetros del suyo. Alina era el nombre. Retenelo. La paradoja era que la había conocido acá, en Rosario, porque aparentemente la mina estaba estudiando medicina en la UNR. Se habían cruzado en un boliche de la costanera, cosa que también me sonaba raro, ya que Juancho salía de joda una vez cada muerte de obispo. Prefería quedarse en su casa, con la play y esas boludeces. Pero bueno, cuestión que hasta ahí me morfé todo el verso.
Hasta acá estarás pensando "todo esto me chupa un millón de huevos". Y tendrías toda la razón del mundo. Pero esperame un poquito, todavía no te conté nada relevante. No te me pongas loco, que acá es dónde la cosa se empieza a poner interesante. Dónde se pudre todo, que me voy a hacer el fino con vos.
Con la piba esta al principio todo diez puntos. La novia de mi amigo, qué sé yo. Hola y chau. No me jodás, yo no te jodo. Dámelo un día por fin de semana y yo te organizo los partiditos de fútbol a un horario razonable. Ninguno quería entrar en ese tire y afloje. Vos me respetás, yo te respeto. Sin embargo, con el devenir de los meses algo empezó a oler raro. No me preguntes por qué, pero había un tufillo a misterio, a cosa rara. Se mostraban poco en público, preferían no salir a comer ni frecuentar lugares donde pudieran ser vistos. Y convengamos que estos dos cuatro de copas no eran Brad Pitt y Angelina Jolie. Todo era así, de "sottovoce" como decía mi viejo.
En Rosario se los veía un poco más distendidos. Más sueltos, digamos. Pero cuando ponían un pie en el pueblo... si te he visto no me acuerdo. Dos completos desconocidos. Ni siquiera se saludaban. No compartían ni una mueca. "La puta madre, que mierda pasa acá" pensaba yo. ¿Si no lo encaré? Obvio que lo encaré. Me fui al humo. Al principio ni se inmutó el caradura. Pokerface. Argumentaba que ellos eran de perfil bajo, que no les gustaban las redes y esas boludeces. Todo verso Tomás, todo verso. Tuve que pincharlo para que empezara a hablar como un cautivo de la CIA. Como les suele pasar a los que pecan de discretos, una vez que se le escapó la primera palabra, desembuchó todo de golpe. Largó toda la informeishon. A medida que me explicaba, mis sospechas se convirtieron en aserciones y todo pareció tener mucho más sentido.
Mirá vos por dónde venía la cosa. Recordarás que te comenté que por esos pagos se conocen entre todos. Resulta ser que los padres de estos dos eran íntimos amigos. Creo que con "íntimos" me quedo corto. Se conocían hace un millón y medio de años. Imagínate que Juancho le decía tío al padre de la mina esta. Todos los domingos se juntaban las familias a comer asado en la casa de esta flaca. Pero claro, cómo estos dos no se iban a hacer los pelotudos. Te podés imaginar el quilombo de la gran flauta que se podía llegar a armar si este tipo se enteraba de que Juanchito se serruchaba a la hija mientras él salaba el matambrito de cerdo como un boludo. ¡Imaginate! Claro que no amagaban a decir ni media palabra. ¿La familia qué va a sospechar, Tomás? para ellos era inimaginable, impensado. Una locura sin precedentes. Si eran como hermanos.
Lo peor es que me dejé convencer con el argumento de que se sentían sólos en Rosario, que necesitaban compañía, que no tenían a nadie más que a ellos. Me dijeron que se amaban, qué eran felices juntos, que no era un amor pasajero e intrascendente. Tenían proyectos y ensoñaciones. Todas esas cursilerías a mí me pueden, me pinchan el corazón. Sabés que soy un gordo cursi. Me pregunté ¿Quién soy yo para auditar el amor? ¿Soy antes juez de una falsa moralidad o amigo de mis amigos? No sé, pensá lo que te digo. Pensalo, Tomás. ¿Qué harías vos si el día de mañana te caigo con un amor no correspondido? Me bancas, claro que me bancas. Por eso decidí ser cómplice de la mentira por un tiempo. Hasta que se nos fue a todos de las manos.
Llegó el momento en el que Alina se quedó sin herramientas para disimular tanto amor. Era evidente que estaba más estúpida de lo normal. Pasaba horas hipnotizada, sonriendole a la pantalla del teléfono, mirando películas románticas y leyendo poesía de la más pomposa. Sus padres no tardaron demasiado en darse cuenta que estaba saliendo con alguien y al cabo de un tiempo no tuvo más remedio que decir la verdad. Bueno, una verdad a medias, digamos. En cuotas. Les dijo que estaba perdidamente enamorada, lo que era profundamente cierto. Pero de un rosarino, estudiante de derecho. Describió un estudiante promedio, cosa de no errarle a ninguna descripción, ni meterse en problemas innecesarios. Un joven, hijo de padres profesionales, de unos veinticinco años, ni muy en forma ni muy dejado. Lo que podemos ser vos o yo.
La cosa se mantuvo más o menos bajo control por unos meses, pero como ocurre con todo ardid trabajosamente pensado, implosiona por alguna grieta. No cualquiera puede soportar el desgaste de alimentar todos los días una mentira. Por eso aparezco yo como parte del desastre. Y claro, los padres de Alina querían conocer a toda costa al novio de su hija. Como no, si ya llevaban más de dos años saliendo. La presentación de tu pareja en los pueblos no es moco de pavo. Hasta te diría que es una cuestión elemental de toda relación. Como cuando el César les levantaba o bajaba el pulgar a los gladiadores del Coliseo. Era todo bastante patriarcal, complicado. Esto lo sé hoy, con el diario del lunes.
No hay que ser Hércules Poirot para darse cuenta de la idea que tuvieron estos dos estúpidos. Claro, pretendían que el perejil que te habla finja ser estudiante de Derecho frente a dos religiosos conservadores. Tenía que ir a cenar una noche al pueblo. Lo primero que me salió es decirles que eran dos delirantes, que no existía ningún tipo de posibilidad. El padre de esta tal Alina era el carnicero del pueblo, y no era particularmente conocido por su erudición, ni por sus modales dóciles ni por ser un tipo simpático, te imaginarás.
Vos me conocés y sabés que soy un tipo sentimental. Sí, soy llorón. Blando ¿cual hay? Por eso empezaron a llevarme al fleje. A pegarme por debajo del cinturón. Me decían que si no los ayudaba iba a ser el culpable de su separación, el responsable de arruinar un romance sano e inocente. Que tenía que estar dispuesto a cargar sobre mis espaldas el peso de ser un traidor, un mal amigo. ¿Y qué hizo éste tarado? Dijo que sí. Aceptó. El plan es cierto que era sencillo. Sólo tenía que sobrellevar la cena de buena manera. Fingir ser lo que en realidad soy, un chico de clase media profesional, estudioso y responsable. El único añadido era que tenía que ser hincha de Colón, cosa que a la postre tampoco era demasiado complejo. Al terminar la cena, si todo salía según el pronóstico, nos iríamos a dormir a la habitación de Alina, dónde Juancho estaría esperándonos del lado de afuera de la ventana para intercambiar las posiciones. Al alba cambiaríamos nuevamente los roles. Desayunaba con mis pretensos suegros y me las tomaba para siempre. Planeamos los detalles durante días, pero no es relevante contártelos ahora.
Emprendimos viaje con destino a Melincué. Mientras la pareja hacía chistes poco afortunados yo tarareaba algunas canciones de Colón que me había memorizado: "acá está tu hinchada la que siempre da todo y sin esperar nada alienta al Sabalero" esa era la preferida del tipo.
No obstante, lo que nadie pronosticó, lo que en ningún momento estuvo en nuestras hipótesis ni teorías, era que yo la pasara fantástico en aquella jornada. El padre, un tal Roberto, me pareció un personaje cautivante. Me encontré con un hombre culto, a pesar de su oficio anodino. Era un apasionado de la lectura, un estudioso de las historias de Verne y las aventuras de los personajes de Stevenson. Nos quedamos horas conversando de historia, literatura y hasta fútbol y religión. Tenía puntos de vista complejos y bien cimentados. Charlamos sobre la geopolítica y el rol fundamental de China en la guerra ruso-georgiana en las profundidades del Cáucaso. Incluso era atrayente conocer su opinión sobre fruslerías de la cotidianidad, como el plantel de Colón o la mejor manera de cortar la entraña para intensificar el sabor. Podía percibir desde la otra punta de la mesa la mirada inquisitoria de Alina, que desprendía un odio que no puedo describir con solo palabras. Se tocaba el reloj de la muñeca con raudos golpes del dedo índice. Pero no le presté demasiado atención, ya que Roberto me estaba compartiendo su ensayo sobre lo que creía había sido el principal detonante de la invasión norteamericana a Iraq, apartado del velo inverosímil de los atentados del 11/9. Así, terminamos yendo a la habitación cómo a las dos de la mañana. Si vieras la cara de la otra, mamita. Quería descuartizarme ahí mismo, con el cuchillo de carnicero del padre. Juancho nos esperaba ansioso del otro lado de la ventana. Hicimos el cambio con ademanes furtivos. Todo había salido acorde a lo estipulado. Salté por la ventana y me dirigí hacia el auto. No había hecho más de una cuadra cuando escuché los gritos y golpes estrépitos que provenían de la casa que acababa de abandonar. Pegué la vuelta raudamente, intuyendo con claridad el desenlace. Al primero que vi salir fue a Juancho. Traspasó el umbral de la puerta trastabillando, con la cabeza escondida entre los codos y sin una zapatilla. Atrás iba el carnicero portando una escopeta doble caño, apuntando sin vacilaciones el arma a la humanidad del joven. Última salió Josefina, gritando inteligiblemente cosas que no tengo la fortuna de recordar. A Roberto le latían los ojos y las venas le resaltaban entre gordura de su cuello. "Como podés hacerme esto, si yo te quería como a un hijo. ¡Con lo que yo te quería!" Gritaba con la voz raspada y cavernosa de tantos años de bebidas blancas. Juancho estaba ovillado en el pasto de la vereda, resignado a la merced de su destino, de Dios y de aquel urso. Entonces me acerqué a la escena, junto con algunis vecinos curioso. Roberto me regaló una mirada tierna de desconcierto "¿Vos fuiste parte de todo esto?" me interrogó levantando las cejas. Después miré a mi amigo tendido en el suelo y atisbé a su novia que lloraba sobre él. "Dejame que te explique cómo viene la cosa, sabalero" Le pedí que por favor bajara el arma, que nada bueno podía salir de tanta violencia. No se por qué sentía que el tipo me iba a escuchar. Y así fue. Hablé como diez minutos sin parar. Le expliqué la situación con detalles, jusfiqué nuestro accionar con argumentos sólidos. De a poco logre suscitar cierta calma en el hombre, al menos la suficiente como para que nos permitiera irnos. Hoy, viendo las cosas con cierta distancia, creo que salvé a mi amigo de que un par de tiros en las piernas, pero no conseguí salvarlo de un par cachetazos y patadas en el culo. Qué se le va a hacer. Mi desempeño fue más digno. "Llevatelo, no quiero verlo nunca más" fue lo último que dijo, y se apoyó en el hombro el caño de la escopeta.
Cómo era de inferir, aquello fue un antes y un después en su relación. Lo intentaron algún tiempo más, pero algo se había roto en los cimientos más indispensables de la relación. Después de un tiempo no supe más de ella, ni me la crucé en los boliches que frecuento.
Yo todavía me escribo con Roberto los días que juega Colón. Tenemos una buena relación. Cada tanto me manda columnas de opinión y análisis geopolíticos interesantes. Nunca le dije que soy de Newells ¿para qué herir dos veces un hombre?
¿En serio no te había contado esta historia? Pero sí la cuento todo el tiempo. Bueno, esa es más o menos, la historia de Juancho con la mina de Melincué. Por eso, Tomas, haceme caso cuando te digo hay que tener mucho cuidado con las minas que uno se enreda