Ninguno de los testigos que ahora circunvalan el occiso hubiese podido imaginar un final semejante. La decisión de pasar la semana en la casa de campo de Juan Bautista nos pareció, a priori, una idea inmejorable. Ezequiel, Pedro y yo, junto con el anfitrión, llegamos hace tres días para adecentar una vivienda que hacía varios años no recibía más huéspedes que ratas y alimañas semejantes. Aunque antigua y desaseada, algo en aquel sórdido lugar irradiaba un espíritu afable que te hacía sentir bienvenido. Nos llevó más horas de las previstas lograr un aspecto lo suficientemente decente como para que las chicas no se arrepintieran de la decisión en el instante mismo que pasaran la moldura de la puerta. Lo más arduo fue limpiar el inmenso living-comedor que escondía polvo en cada recoveco y en cada mueble, aunque no fueran demasiados. El ambiente tenía una gran mesa para doce comensales, tamaño justificable, según Juan Bautista, a que su padre solía ocupar la vivienda cuando venía a cazar con un séquito de amigos expertos en la materia. Lo que también explicaba los enormes cráneos de ciervo que pendían sobre la pared con sus portentosas cornamentas. Bajo los huesos de antílope una pintoresca chimenea de ladrillo visto nucleaba algunos sillones de cuero avejentados y rajados por el paso de los años. Los ventanales corredizos de cedro permitían vislumbrar desde el comedor una pileta -demasiado grande a mi entender- adornando un jardín casi interminable que moría en el horizonte difuso del Paraná. Prendimos la chimenea para combatir los tres grados de junio, asamos las hamburguesas que compramos por el camino y nos entregamos a Morfeo.
Las invitadas llegaron a la mañana siguiente, a pesar de la férrea oposición de Pedro arguyendo que las mujeres son siempre un problema. Eran cuatro. Se presentaron como amigas de Ezequiel. Yo no me atrevería a semejante adjetivo, pero sí que las conocía, Rosario es un pañuelo. Se presentaron
Llevábamos media hora petrificados los siete rodeando al abúlico Pedro. La sangre de la herida que causó el atizador al impactar sobre su nuca ahora formaba una costra dura que parecía la piel de un reptil. Mirábamos fijamente la escena en un mutismo total, mientras cavilabamos sobre los subterfugios posibles. Ya todos sabíamos que era demasiado tarde para soluciones. Al principio, apenas Pedro cayó al piso desplomado, fueron gritos y desesperación. Julia gritaba por auxilio mientras Ezequiel intentaba detener la hemorragia presionando firmemente un repasador sobre la herida. Agustina manoteó el celular y marcó el 107. Noté que Juan Bautista atinó a explicarle que en este inhóspito pueblo el hospital más cercano está a cien kilómetros y que la ambulancia tardaría horas en llegar, pero Ezequiel se antepuso:
—Está muerto— dijo tajante mientras miraba el repasador blanco teñido de sangre. Sólo se necesitaron dos palabras para acallar los alaridos. Agustina perdió la firmeza de sus dedos y dejó caer el celular que se desmanteló contra el suelo. Durante la media hora siguiente sólo se escucharon algunos sollozos y los sonidos silvestres propios de la desolación de la naturaleza, a la que ni siquiera estábamos acostumbrados. Lucía fue la primera en violar el implícito pacto de silencio.
—¿Que mierda vamos a hacer? Yo no tuve nada que ver en esto— miró al asesino con un gesto que oscilaba entre el desprecio y el pánico.
—Calmate— le respondió Ezequiel— primero vamos a ordenar todo este quilombo, y después vemos qué hacemos.
—¿Vos estás en pedo? ¿o sos pelotudo? Llamá ya mismo a la policía, yo no puedo porque se me hizo mierda el teléfono— lo apuró Agustina.
—¿Si? Dale, tomá— Ezequiel sacó un costoso celular del bolsillo y se lo acercó— Llamá vos. Deciles que hay un pibe de veintidós años muerto. Comentales quién fue si querés. Tomá, agarralo— la increpaba mientras agitaba el celular— pero yo te digo lo que va a pasar acá, vas a ser igual de sospechosa que nosotros. Vas a tener que dormir varios meses en una celdita de dos por dos hasta que la investigación se aclare, si es que se aclara en algún momento. Porque yo no voy a botonear a nadie ¿entendiste?.
—¿Y qué carajo pensás hacer, genio?— preguntó Julia intentando disimular la incredulidad.
—Lo que dije. En principio vamos a limpiar este quilombo y después vemos qué hacemos. Esto fue un accidente. Algo se nos tiene que ocurrir.
El metro noventa y los cien kilos de Ezequiel ahuyentaron todo intento de objeción.
II
El trapo de piso desparramaba caprichosamente la sangre por toda la galería. Mientras estrujaba el harapo en el balde observé por los ventanales a Agustina desnudando el cuerpo desvaído. Lo desvistió con cuidado, como temiendo que se enojara. Lloraba.