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Lo que "Bochita" Suarez tiene de buen tipo lo tiene de problemático. Y no me refiero a una o dos chinches, de esas que todos tenemos. No. Hablo de un hombre verdaderamente jodido y mañoso. Tanto, que uno tiene que andar cuidándose de lo que dice o deja de decir, eligiendo con cautela cada epíteto para evitar ser tildado de estúpido o terminar friccionando innecesariamente. Siempre está al acecho para subrayar el error de sintaxis, la palabra mal empleada, el tiempo verbal erróneo o la coma mal puesta. Consigue desnudar cada una de las carencias de sus semejantes; que este come con la boca abierta o aquel usa perfumes genéricos de mala calidad, le falta gracia para vestirse o no plancha minuciosamente las camisas. A Julián, por mencionar un caso, le descubrió un problema congénito en el largo de las piernas que se manifiesta en un caminar sutilmente asimétrico, al Moncho una leve desproporción en el tamaño de su ojo derecho y a Pedro una casi imperceptible desviación en la mordida. Así y todo, más allá de lo aborrecible que puede parecer ante el escrutinio de un extraño, es un tipo en el que se puede confiar. Sus íntimos pueden dar fe de lo que estoy diciendo, y confirmar que el tipo es incapaz de dañar una mosca.

Con esta sucinta reseña el lector podrá deducir los fundamentos por los cuales me opuse a incluirlo en nuestro viaje al sur argentino que habíamos organizado con los muchachos. Planeamos todo con precavida antelación, habiendo así reservado los campings, adquirido todo tipo de trebejos de supervivencia, controlado el estado de las carpas y los botes, tanto como la correcta mecánica del auto. Nos abastecimos con un cóctel de fármacos bien equilibrado y un set de cuerdas profesionales sugeridas por los más avezados marineros, en las cuales invertimos una verdadera fortuna. Compramos los utensilios de cocina imprescindibles para sobrevivir en la hostil intemperie del sur argentino, además de cerciorarnos de contar con las provisiones suficientes para no pasar hambre durante esas tres semanas de supervivencia extrema. Luego de recibir la advertencia sobre el peligro que significaban los depredadores para los acampadores inexpertos, pedimos prestado un rifle de aire comprimido para que, llegado el caso de un posible ataque del puma patagónico, tengamos recursos para presentar batalla. Resultó que en los catorce días de expedición ninguno pudo introducir el cartucho en el arma, por lo que se mantuvo la totalidad del viaje en lo profundo del baúl. Los días previos al viaje recorrí decenas de comercios en búsqueda de una linterna de seis mil lúmenes que, según diversos escultistas, podía iluminar a una distancia de quinientos metros sin exigirse. Era nuestro bautismo en una empresa de tales características y, algunos cobardes como yo, lo emparentábamos a las condiciones infrahumanas de los soldados norteamericanos en el intestino de la selva vietnamita, o en lo más recóndito de una trinchera durante la contraofensiva gala del Marne, donde la mordedura de una lombriz podía derivar en la más desoladora de las muertes.

A la luz de los hechos, debo de admitir que la situación no fue tan grave como estimé, contando los campings con agua caliente, wifi, servicio de primeros auxilios y una hostería con spa para el caso de que el compañero de carpa sufra de apneas. De igual manera y más allá de estas comodidades, de haberse barajado otro destino sin dudas habría evitado dormir al descampado sobre una base aislante de cinco centímetros, luchando con temperaturas bajo cero y quién sabe qué animales agrestes. Pero somos un grupo de amigos donde siempre prevaleció la democracia.

No sólo resulté perdidoso en la votación por la cual se decidió tan inconfortable destino, sino que también me vi apostando al caballo equivocado en la decisión de no incluirlo al Bocha. Claro que mi postura no era dogmática, ni mucho menos personal. A mi humilde juicio resultaba evidente que alguien de su veleidoso temperamento se convertiría en un martirio para todos. La carpa nunca estaría lo suficientemente tensa, la presión de las cubiertas del coche debiera estarse en 2.5 y no en 2.4 bares, la comida sabría insulsa y la bolsa de dormir que le prestó su tía no retendría la temperatura lo suficiente. La vereda opositora sostenía que el Bocha no sería un problema debido a que diversos precedentes demostraban que encontrándose de vacaciones siempre había disminuido su nivel de intensidad, se volvía menos cascarrabias y mucho más tolerable. La mayoría fue conteste en aquel sentido.

Un veintidós de enero partíamos hacia el sur en un auto prestado por Rodolfo, padre de Julián. Éramos el grupo de los rezagados y debíamos encontrarnos con el resto del grupo tres días después, a la vera de un lago, donde estarían esperándonos con un banquete de carne de res como a los olímpicos de la antigua Grecia. Lo cierto es que dudaban de que pudiéramos llegar al punto de encuentro sanos y salvos. Y vaya si habrán tenido razón.

Cierto es que el Ford Focus que nos facilitó Rodolfo fue un gran camarada de ruta. Una garantía, como toda mecánica yanqui, aunque innecesariamente comprimido en los asientos traseros. Me acomodé en el lugar del acompañante y Bochita se sentó detrás de mí. Antes de partir Rodolfo hizo dos o tres veces el mismo chiste, que en realidad era, para quienes lo sabíamos interpretar entre líneas, una clara advertencia.

—Cuídenme al pibe —decía—. Al pibe con motor de cuatro cilindros y techo corredizo. Al otro lo pueden dejar allá, no tengo problema. Y tenía sentido la broma pensando en que el hombre lavaba el auto tres veces por semana con refinados productos de cosmética automotriz importados de Baviera, le hacía el service a tiempo y no permitía ni que amaguen a encender un cigarrillo en el habitáculo. Así y todo, decidió tener ese gesto para con su hijo, algo verdaderamente destacable.

Así fue como nos aventuramos en la empresa de recorrer la Patagonia. De camino, a la altura de Venado Tuerto, pasamos a buscar a un cuarto pasajero que Julián había rescatado de una aplicación de internet con el objetivo de abaratar la nafta y nutrirnos de nuevas conversaciones. Se dirigía hacia los siete lagos al igual que nosotros y, al sobrarnos un lugar, a ninguno le pareció descabellada la idea de incluirlo.

Transcurridas las quince primeras horas de viaje, nadie podía asimilar la buena predisposición de Bochita Suárez. No había soltado ni una queja en todo el trayecto; no se molestó por el aire acondicionado en 16 °C, ni por el sol estival que le fulminaba el rostro, ni por el ínfimo espacio que tenía para mover las piernas ni por el hip hop cargado y profundo que ponía Julián y que él tanto aborrecía. El tiempo de ruta también nos sirvió para conocer vagamente la vida del “Topo”, al que lo esperaba un grupo de amigos por una zona cercana a nuestro destino. Parecía ser un tipo sencillo y agradable. Tenía un carisma sensato y una elocuencia prudente. Ese humor punzante, filoso, que coquetea con lo burdo pero nunca llega a alcanzar la obscenidad. Trabajaba en el negocio de sus padres y aquellas vacaciones le habían significado mucho esfuerzo y sudor. En el auto se respiraba un aire jovial. El Topo contaba chistes y Julián revivía algunas de sus tantas desopilantes anécdotas, mientras que Bocha, notoriamente entusiasmado, soltaba carcajadas estentóreas y bromeaba con la austeridad a la que estaría obligado a someterse en los días venideros.

Recuerdo que faltaban algo así como cien kilómetros para llegar a San Martín de los Andes. La noche estaba cerrada y la luna, arropada tras una nube, se asomaba tímidamente. Descubrimos la crueldad del frío exterior por el empañado de los parabrisas y la escarcha al costado de la ruta. El camino era sinuoso, intrincado, por lo que Julián pidió silencio para poder concentrarse en los tres o cuatro metros que iluminaban los faroles del Focus. Fue entonces cuando vimos una silueta dibujarse en la nebulosa. Al principio imaginamos algún tipo de especie montaraz autóctona de la zona, pero a medida que fuimos delimitando los contornos de la figura fue indubitable que se trataba del cuerpo de un hombre. Bajamos la velocidad al verlo con el pulgar apuntando al cielo, suplicando por algún misericordioso que lo rescate del frío.

—Levantémoslo —largó el Bocha, flemático.

—Vos estás en pedo —respondió Julián

—Dejá de joder, Bocha. ¿Vos lo querés subir? ¿Vos, en serio? ¿El mismo que una vez me echó de su casa por haberme lavado las manos con alcohol genérico y no con el antibacterial de primera marca? —aporté mi grano de arena.

—No nos cuesta nada… —insistió Bochita ante nuestras miradas atónitas, que intentaban entender si ese hombre era el mismo que conocíamos de toda la vida, el que te auditaba el largo de las uñas y te exigía ponerte unas pantuflas de felpa para no rayarle el parquet.

—Mi humilde opinión —irrumpió el Topo a la charla— es que lo subamos. Seguro va a San Martín, no es más de una hora y media. Imagínense ustedes estando en esa posición, con este clima inhumano, sujeto a la merced de Dios, al azar de toparte con un alma caritativa en este país repleto de hijos de puta.

La opinión de alguien como el Topo, para nosotros un desconocido, pero aparentemente un tipo sensato e inteligente, hizo reflexionar a Julián. En una maniobra que hubiese tildado de arriesgada de no haber sido los únicos en doscientos kilómetros a la redonda, recostó el auto sobre la banquina y bajó la ventana derecha, donde yo estaba acodado. Percibí a un joven de unos veintipico. Tenía unas rastas copiosas y anárquicas que le llegaban hasta debajo de la cintura. Una quena indígena le adornaba el cuello a la vez que le camuflaba los innumerables collares de hilo encerado y caracoles. La barba tupida y oscura le ocultaba casi la totalidad del rostro, y apenas podían percibirse sus labios finos y maltratados por la impiedad del viento. Por el color de su tez, me atreví a pensar que tenía ojos claros detrás de tanta tierra y adornos.

—Arrancá, arrancá —musitó el Bocha, ni bien contempló la escena.

—Poné primera —agregó el Topo, que también se había pasado de bando.

Julián ladeo la cabeza y les hizo una seña para que se callaran. Evidentemente algo del cuadro lo había conmovido. Luego se dirigió hacia el mochilero.

—¿A dónde vas, amigo?

—A San Martín, compadre —respondió tiritando.

—Dale, subite —la afirmación de Julián no dejó espacio para cuestionamientos y nadie se atrevió a poner en tela de juicio la decisión.

Se sentó detrás de mí, frente al asiento del acompañante, y desplazó a Bochita hacia la mitad del auto.

—¿Qué haces acá, en el medio de la nada? —preguntó Julián mientras salía de la banquina.

—Vine a conocer más a fondo el esplendor de nuestro hermoso planeta tierra. Las bellezas y virtudes que el hormigón de las urbes se empecina por ocultarnos. Nos privan de disfrutar la vastedad del universo, la riqueza de lo silvestre, que a fin de cuentas es de donde venimos y hacia dónde vamos. Por eso estoy buscando amalgamarme con la naturaleza que tanto no da, con la madre tierra y el padre sol, con los hermanos animales y con nuestras amigas, las plantas.

El Topo le consultó si tenía algo de marihuana de sobra para compartirle, ya que como debíamos atravesar diversos controles policiales ninguno se animó a correr el riesgo.

—Mi familia está enceguecida por los vicios materiales y efímeros del capitalismo norteamericano —prosiguió, haciendo caso omiso a la pregunta—. Mi padre trabaja para un banco, es uno de esos especuladores financieros de la peor calaña, que juegan con el sudor de la frente y el dolor de los laburantes. Concentradores de riquezas, explotadores despiadados, títeres inertes de multinacionales que se llevan a sus reinos los recursos originarios de los aborígenes. Cómplices deleznables del Tío Sam y el tataranieto de Rockefeller. Mi familia es una profunda vergüenza, un séquito de inmorales estudiados en universidades financiadas con las costillas de Costa de Marfil y el áfrica subsahariana, el extractivismo desmesurado de diamantes en sudáfrica y el caucho del Congo Belga.

Julián, al que le quedaban dos materias para recibirse de magíster en finanzas, tesista sobre el rol del Fondo Monetario en los países emergentes, le dijo que coincidía profundamente con su cosmovisión de la economía moderna.

—El ser humano debe conectarse con todo esto —dijo mientras señalaba hacia la ventanilla—. Por eso voy a comprar un pequeño terreno y cultivar hortalizas para venderle a la gente de la zona. Al cabo de un tiempo podré comprar más hectáreas y repartirlas con los más necesitados.

—¿Estuviste viendo precios? Yo estoy buscando alquiler hace varios meses —intentó mofarse el Bocha pero rápidamente le paramos el carro.

—¿Cómo te llamás? —lo inquirí

—Técnicamente me llamo Santiago, pero prefiero que me llamen Nehuén. Significa "fuerza" en Mapuche.

—Nehuén, como Nehuén Paz, el que jugaba en Newells. De lateral izquierdo, si mi memoria me es fiel —acotó el Topo.

—No consumo productos idiotizantes donde se venden personas como si fuesen objetos —contestó.

Al cabo de dos horas de monólogo llegamos al camping. Nehuén nos preguntó si no era molestia armar su carpa contigua a las nuestras, sólo por esa noche, ya que a la mañana siguiente continuaba viaje rumbo al sur, en búsqueda de su tierra prometida. Lo cierto era que nos había caído simpático y ninguno encontró argumento para oponerse a su pedido sin ser tildado de amargo y conservador. Julián y yo nos dispusimos a armar nuestra carpa estilo iglú, pero la oscuridad, sumada a nuestra inepcia, hacía imposible el desafío. Por suerte Nehuén llegó y en tres o cuatro movimientos ininteligibles erigió la estructura. Después repitió el proceso con la carpa del Topo y el Bocha. Nos deseó buenas noches en quechua y, acto continuo, fue en búsqueda de troncos y piñas para encender una fogata. Desde nuestra carpa escuchábamos el apacible crepitar del fuego y su instrumento indigena que lo acompañaba en una armónica simbiosis. No pudimos disfrutarlo demasiado, porque casi al instante caímos rendidos a los brazos de Morfeo.

Esa noche el sueño fue tan profundo que recuerdo no haber reaccionado ante el zamarreo salvaje de Julián. Cuando abrí los ojos lo noté completamente atormentado, pegándome cachetadas en los pómulos.

—¡Nos robó todo! —vociferó—. ¡Nos desvalijó! Se llevó el auto, los bolsos, la guita. Absolutamente todo. ¡No quedó nada!

—Tranquilo… —respondí todavía atónito.

—Qué tranquilo, la re putísima madre que te parió. ¡Le robó el auto a mi viejo! Me voy a tener que quedar a vivir en El Bolsón vendiendo artesanías —Negaba con la cabeza—. Ese Hippie bolchevique… —no reparó en la contradicción— nos robó hasta las ganas de vivir. Todo esto es culpa del Bocha que quiso subirlo. No había que traerlo al tarado este —. Julián comenzó a llorar. Al rato se dispuso a romper todo lo que encontrase a mano dentro de la carpa, pero no halló más que mi linterna de seis mil lúmenes y unos pañuelitos descartables inofensivos.

Al salir de la carpa, la refulgencia me encegueció. Demoró unos segundos en dibujarse frente a mí ese paisaje imponente, algo tan magnífico como nunca había presenciado en mi vida. Contemplaba en calzoncillos el agua diáfana y las enormes montañas acariciando las orillas del lago, como una pareja eternamente enamorada. El canto de los pájaros posados sobre los pinos, verdes y frondosos, me había secuestrado en aquel sueño, lejos de la cruda y triste realidad de haber sido saqueados. Lo único artificial, casi como un estorbo, era la carpa verde manzana de nuestros amigos que se levantaba cerca del lago.

Tomé aire y respiré hondo, cuando un nuevo gritó me interrumpió.

—¡La concha de su madre —blasfemó Julián mientras salía de la carpa con dirección al lago— ¡Me voy a suicidar como Alfonsina Storni!

—Ese lago tiene menos corriente que la bañera de mi casa. Vení para acá y resolvamos esto.

—¡Mi viejo me mata! ¿No entendés, no? No te entra en la cabecita que mi viejo me mata. Y si te agarra cerquita, te mata a vos también. Y si está el Topo por ahí, lo mata también al Topo. Nos mata a los tres juntos y nos entierra en el patio.

Al cabo de una hora estábamos sentados en las piedras, sin atisbos de esperanza. Reflexionábamos sobre cómo es que habíamos podido ser tan ingenuos, tan estúpidos. Qué había pasado por nuestras cabezas a la hora de aventar a un desconocido, en tierras inhóspitas, sin saber dónde nos encontrábamos; sin conocer el camino, sin contar con señal de celular ni forma de geolocalizarnos, sin luz ni ningún tipo de energía, sin nada de la gran ciudad donde nos sentíamos cómodos y omnipotentes. Nos habían engañado sin el más mínimo esfuerzo, sin siquiera haber presentado batalla. Probablemente todo su discurso también fuese parte del embuste y no era más que un malandrín de poca monta dedicado a engatusar pelotudos como nosotros. En dos patadas te desarmaba el auto y te vendía los repuestos, destreza que únicamente puede adquirirse en el tercer cordón del conurbano, mientras te hablaba de la madre tierra, el padre sol y esa sarta de gansadas.

Empezaba a contemplar con más cariño la idea de yo tambien darme muerte en la profundidad del lago, hasta que vi lo que vi acercarse a lo lejos. Me froté los ojos para asegurarme de que no me estuviera jugando una mala pasada la claridad ni traicionando mi astigmatismo. A lo mejor ya estaba muerto y la decisión ya había sido tomada, siendo aquello un ribete más de mi postrimería. Pero cuando reconocí el ruido de sus colgantes chocando contra la quena caí en la cuenta que no era ningún destello post mortem. Se hizo nítido el zapateo contra la gravilla y su frondosa barba se apareció frente a nosotros. Traía cuatro cafés y una docena de medialunas.

—¡Rosarinos, buenos días! ¡Les traje el desayuno!—gritó Nehuén—. ¡Facturas de doña Pochita, las mejores por estos pagos! Va por todo lo que hicieron por mí. Estoy muy agradecido.

—¿Dónde está mi auto, ladrón? —Julián arremetió contra Nehuén. Lo tomó del cuello y le propinó dos golpes en el rostro que le hicieron sangre—. Te voy a matar, sin vergüenza —dijo antes de tomar impulso para el golpe final, el cual sin dudas hubiese tenido consecuencias catastróficas en el cuerpo anémico y raquítico del mochilero.

Sin embargo, justo antes del impacto, el Bocha asomó su cabeza redonda por la hendidura de la carpa verde manzana. Desconcertado y medio dormido, largó:

—Chicos, ¿alguno de ustedes vio al Topo? No entiendo por qué este boludo me dejó una nota que dice: "Perdón, muchachos. No lo tomen personal."