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Yo no creo en la magia. Soy un hombre de argumentos y lógica; un racional, un escéptico a todas luces. Nunca he sido ni seré uno de esos papanatas que andan desperdigando cualquier verso por ahí sin antes filtrar veracidad. Creanlo o no, he dedicado mi vida a intentar ser un hombre digno y confiable.

Un hombre lloró en algún lugar de Cataluña y por un segundo el mundo pareció detenerse. No era un tipo fundamental para la humanidad. No había descubierto ninguna cura, y madres, padres e hijos seguían muriendo por ahí. No era político, ni catedrático, ni científico. Tenía una profesión mucho más inutil; más zonza e inofensiva. Por eso, a nadie le cambiaría la vida lo que tenía para decir esa tarde. Sin embargo, una parte del mundo se detuvo en ese llanto. “Callate nene, que quiero escuchar” “¡María, dale, dale, que ya está por hablar!” “Vení, José, vení que llegás justito”. La gente se agolpaba en los bares, en los televisores exhibidos en los supermercados o en las pantallas de los celulares para recibir la noticia. El trato estaba cerrado de palabra, por lo que sólo bastaron algunos pocos minutos para que la gente empiece a festejar: “te dije Eugenia, te dije que iba a jugar en Barcelona” gritó un marido prendido al changuito del super.

Era una rara avis, un caso insólito, una extrañeza que no se había visto hasta ese entonces en el ámbito del deporte. Aquel sería el primer hombre en debutar a los 32 años en un partido de fútbol profesional. A simple vista se le asomaban algunas canas en la barba y era palpable que las articulaciones no eran las de un joven de veinte. Aún así los hinchas estaban entusiasmados por ver que tenía para ofrecer, deleitarse con alguna gambeta, al fin y al cabo si había llegado hasta ahí por algo era. Sin embargo, en el día del debut más de uno se llevó una desilusión. El tipo era viejo en serio. Entró a los 70 minutos para dar vuelta un resultado y, en cambio, pasó por el partido sin pena ni gloria. Se lo notaba poco ducho con el balón, tosco e inofensivo. La cosa parecía no caminar; pocos minutos, malos rendimientos y el abandono de un equipo sin alma lo dejaron al borde de terminar la carrera ni bien empezada. Sabran ustedes que un nueve no sobrevive por sí mismo, que es un virus que necesita infectarse de un organismo que funcione, no es una isla como puede ser el enganche ni una fortaleza como el arquero que puede rescatarle el partido a 10 muertos. El delantero es el último engranaje de un mecanismo con cierta inercia, por eso es que me resulta demasiado severo achacarle toda la culpa. Pero qué se yo, así de injusto es el mundo del fútbol, si te gusta bien, sino está lleno de otros espectáculos. Lo único cierto es que después de un par de partidos y sólo un mísero gol, tuvo que probar suerte en otras tierras. Se fue a Manchester a medirse contra el frío, a pelearse con lo adusto del carácter británico y una prensa inglesa que había sido despiadada con el fichaje desde un principio. Contratar un profesional de 32 años y solo un puñado de partidos en el lomo era una insensatez para cualquiera, imagínese usted para la lógica británica. La inversión fue tildada de delirio, insensatez y locura. Los diarios de mayor tirada se reían de la venta y caricaturizaban al nuevo fichaje con bastón y joroba. Más aún cuando lo recibió el fracaso, de nuevo pocos minutos, una final perdida y otro llanto. Exigían su retiro. Hinchas enojados, una dirigencia defraudada y múltiples lesiones lo dejaron al borde de colgar los botines. Se habían equivocado, el tipo no tenía pasta de jugador de fútbol; mejor que se dedicase a los jueguitos de computadoras, a contar chistes y hablar tonteras… cada uno a lo suyo.

Pero el tiempo suele abrir muchas puertas para quien resiste algunos embistes. Aunque no jugaba demasiado, cuando tenía la posibilidad de hacerlo mostraba algún destello de lucidez futbolística. De a poco fue rehabilitando lesiones, y sobre todo un ánimo malherido. Hasta que en un partido intrascendente llegó un pase artístico, y en otro una gambeta inesperada o un buen quite. Pero lo verdaderamente insólito sucedió con el primer gol. No puedo contestar con empiria ni respaldar con datos que fue lo que invadió el estadio esa tarde británica. Lo cierto es que la gente se quedó muda y el reloj se congeló en el minuto 75’. Un niño con gorro de tiburón pareció obnubilarse, mientras un colorado con cara de irlandés miraba desorientado la escena. Nadie sabe si fue el ruido de la red, el soplido de la pelota tras pasar la línea de cal o la mirada del arquero derrotado lo que produjo el fenómeno, lo único evidente era que algo había cambiado, y que aquel delantero jamás volvería a ser el mismo. Sólo él sabe qué contrato firmó esa tarde, cuáles fueron las cláusulas que tuvo que aceptar o las consecuencias a las que decidió someterse, porque el partido siguiente desprendió a la gente de la butaca con un golazo, y una fecha después la acarició a un costado del arquero haciéndolo ver como un amateur. Entonces llegaron a montones, en cantidades absurdas. Goles y más goles. Goles de todos los colores, para todos los gustos; goles lindos y goles feos para los creyentes de tan absurda contradicción. Cada grito lo hacía perder algún kilo de grasa, cada pasar de la pelota por debajo de los tres palos le teñían de negro una cana o le mejoraba la lesión de la rodilla. Cuando los arqueros entraban al arco cabizbajos para volver a sacar del medio, al tipo se le alisaba la piel y le brotaba algún que otro grano. Se lo veía mejor; alegre y jovial. La hinchada ahora aplaudía al delantero bajito y oxidado, y la prensa amansó el trato al ver lo que era capaz de hacer.

Aquella peligrosa adicción lo llevó a teñirse de rubio como el adolescente que intenta ser alguien. Todo seguía la marcha de lo convenido, no había partido que no anotara; cabezazos precisos, con ambas piernas, de afuera del área o en la jaula del arquero. El viejo era cosa seria. Los goles trajeron títulos y los títulos la incondicionalidad de la hinchada que lo convirtió en deidad.

Fue tanta la droga que la barba azabache y espesa fue perdiendo tupidez y en cada festejo renunciaba a algo de musculatura. Estaba más explosivo y potente que nunca, y era notorio que tenía más ritmo y velocidad, lo que trajo consigo olvidarse algunas palabras del inglés junto con la tortura de irse a dormir a horario. Sencillamente no podía parar, seguía vomitando un gol tras otro. Para aquel entonces directamente le dejó de crecer pelo en la cara, y optó por un corte de pelo mohicano sólo permitido para quienes transitan sus veintes. El doctor le recomendó parar, ponerle un freno a la locura que podía poner en peligro su propia salud. La respuesta fue un sablazo de afuera del área, una exquisitez por sobre el arquero y un bombazo cruzado. El paso de las temporadas arrastró las consecuencias; se lo veía pequeño y con pocos argumentos físicos para pelear con los centrales. Ya no usaba la número 10, y lucía un aspecto tímido y prolijo, como un adolescente respetuoso que prefiere no levantar el copete. No vayan ustedes a creer que algo de eso fue capaz de amedrentarlo o impedirle cumplir con su parte del negocio. En cambio los goles eran más audaces, más increíbles y maravillosos. Con esa apariencia insulsa, con esa pinta de debilucho, sin un sólo vello en el rostro, con pocos tatuajes y un corte de pelo que pecaba de aburrido para un futbolista, hizo el gol más importante de la historia del club. En tres minutos bailó a toda la defensa y le dió sobre la hora al City su título más añorado. El galardón hasta el día de hoy más presumido y apreciado. Lo festejó como cualquier pibe hubiese hecho, se sacó la camiseta y lo gritó con la gente, desaforado.

¿Habrá sabido él que ese gol sería de los últimos? Sucedió lo inexorable. Había quedado demasiado detrás de la rigurosidad física que exigía la Premier League, lo que sumado a un inglés casi obsoleto lo hicieron armar nuevamente las valijas con destino a Madrid. El pase no fue menos polémico que el que lo había depositado en Manchester. Nadie se animaba a poner las manos en el fuego por un jovencito que no llegaba al metro ochenta. Lo que nadie tampoco sabía era que el acuerdo al que suscribió no tenía “peros” ni medias tintas, no estaban permitidas las rescisiones ni los eximentes. Se despachó con gol y título en el primer partido, y el idilio de otra hinchada. Más droga, más veneno. 20 goles en una temporada le habían borrado los tatuajes y adornado la oreja con un arito de poco gusto. Los 15 en la siguiente lo adornaron con un pelo largo estilo rollinga y le desgastaron el físico hasta lo irremontable. Se lo veía flaco, enclenque y algo desfachatado. Pasaron algunas temporadas de exquisitez, hasta que la dirigencia no tuvo más opciones: el Atlético tuvo que dejarlo ir. No podían sostener a un niño jugando a tan alto nivel.

Independiente confió en lo que podía aportar al equipo un jovencito de 17 años y con cara de susto. Era evidente que el fútbol argentino le quedaba chico para un jugador de su trayectoria y envergadura, con tantos años en Europa y tantos titulos. Era ver un piojo escabullirse entre defensores pretensamente rudos y ásperos. Un imberbe que parecía estar enseñándoles a tratar la pelota a los tíos en el patio de la casa. Llevó su compromiso hasta las últimas consecuencias, haciendo goles hasta que el cuerpo le dijo basta. Según los médicos, de seguir así pondría en peligro su salud: lesiones, golpes y quién sabe qué.

A los 15 años, un mes y tres días se vio obligado a abandonar el fútbol, nadie hasta el día de hoy ha pisado una cancha de primera en el fútbol argentino con esa edad. La gente aplaudió hasta gastarse las manos y se lamentaron no poder tener al “nene” unos años más con ellos. Una vez pasada la línea de cal, nadie sabe qué fue de él. Algunos sostienen que sigue jugando por ahí, en el barrio o en alguna plaza, dónde por suerte no se cuentan los goles, sino la diferencia entre los equipos. Otros, los más racionales, que ha dejado el fútbol definitivamente.

Sin embargo, quiero decirles que a mí todo esto no me deja tranquilo. Hay algo que me sigue desvelando. Es que no puedo dejar de pensar en otro escenario. En que hubiese sido de él si el trato hubiese sido otro, si el verdugo le concedía otra contraprestación. Quizás igual de extraña o igual de cruel. No lo sé, es sólo una hipótesis. Imaginemos que hubiese sido de este hombre, si el pasar de la pelota a través de los caños, si el chiflido del balón contra la red, en lugar de pintarle de negro una cana o hacerle más tersa la piel, le hubiese ido averiando, de forma imperceptible pero inevitable, el corazón.

Un hombre lloró en algún lugar de Cataluña y por un segundo el mundo pareció detenerse. No era un tipo fundamental para la humanidad. No había descubierto ninguna cura, y madres, padres e hijos seguían muriendo por ahí. No era político, ni catedrático, ni científico. Tenía una profesión mucho más inutil; más zonza e inofensiva. Por eso, a nadie le cambiaría la vida lo que tenía para decir esa tarde. Así y todo, multitudes se agolpaban en los bares, en los televisores exhibidos en los supermercados o en las pantallas de los celulares para prestar el oído. El trato estaba prácticamente cerrado de palabra, por lo que sólo bastaron algunos pocos minutos para que la gente empiece a festejar. Era un hecho: iba a jugar en Barcelona.

Era un caso insólito, rara avis, una extrañeza que no se había visto hasta ese entonces en el ámbito del deporte. Sería el primer hombre en debutar a los 32 años en un partido de fútbol profesional. No había que ser demasiado perspicaz para descubrir algunas canas en su barba, y era palpable que las articulaciones no eran las de un chico de veinte. Aún así los hinchas estaban entusiasmados por ver que tenía para ofrecer, deleitarse con alguna gambeta. Pero en el día del debut más de uno se llevó una desilusión. No entendían qué habían contratado. Pensaron que era una broma de mal gusto. Entró a los 70 minutos para dar vuelta un resultado y, en cambio, deambuló por el partido sin pena ni gloria. Se lo notaba poco ducho con el balón, tosco e inofensivo. Si bien el entrenador atajó con altura las críticas, la cosa realmente parecía no caminar; pocos minutos, malos rendimientos y un equipo sin alma lo dejaron al borde de terminar la carrera ni bien empezada. Sabran ustedes que un nueve no sobrevive por sí mismo, que es un virus que necesita infectarse de un organismo que funcione, no es una isla como puede ser el enganche ni una fortaleza como el arquero que puede rescatarle el partido a 10 muertos. El delantero es el último engranaje de un mecanismo con cierta inercia, por eso es que me resulta demasiado severo achacarle toda la culpa. Lo único cierto es que después de un par de partidos y sólo un mísero gol, tuvo que probar suerte en otras tierras. Se fue a Manchester a medirse contra el frío, a pelearse con lo adusto del carácter británico y una prensa inglesa que había sido despiadada con el fichaje desde un principio. Contratar un profesional de 32 años y solo un puñado de partidos en el lomo era una insensatez para cualquiera, imagínese usted para la lógica británica. Los diarios de mayor tirada se reían de la venta y caricaturizaban al nuevo fichaje. Más aún cuando lo recibió el fracaso, el fantasma del jugar poco, una final perdida y otro llanto. Hinchas enojados, una dirigencia defraudada y múltiples lesiones le sacudieron el ego. Se habían equivocado, el tipo no tenía pasta de jugador de fútbol; mejor que se dedicase a los jueguitos de computadoras, a contar chistes y hablar tonteras…

Dicen que el tiempo suele abrir muchas puertas para quien resiste algunos embistes. Aunque no jugaba demasiado, cuando tenía la posibilidad de hacerlo mostraba algún atisbo de lucidez futbolística, algún destello de talento. Con estoicismo fue rehabilitando lesiones, y un ánimo maltrecho. Fueron llegando bálsamos de buen juego que calmaban la ira de todo lo que lo orbitaba; un partido fue un pase artístico, en otro una gambeta inesperada y en otro una corrida interesante. Pero lo verdaderamente insólito sucedió con el primer gol. No puedo contestar con empiria ni respaldar con datos que fue lo que invadió el estadio esa tarde gris británica. Lo cierto es que la gente se quedó muda y el reloj pareció congelarse en el minuto 87. Un niño miró boquiabierto y el anciano de al lado revoleó el bastón. Nadie sabe si fue el ruido de la red, el soplido de la pelota tras pasar la línea de cal o la mirada del arquero derrotado lo que produjo el fenómeno, lo único evidente era que algo había cambiado, y que aquel delantero jamás volvería a ser el mismo. Sólo él sabe qué contrato firmó esa tarde, cuáles fueron las cláusulas que tuvo que aceptar o las consecuencias a las que decidió someterse, porque el partido siguiente desprendió a la gente de la butaca con un golazo, y una fecha después la clavó al ángulo de tiro libre. Entonces llegaron a montones, en cantidades absurdas. Goles y más goles. Goles de todos los colores, para todos los gustos; goles lindos y goles feos para los creyentes de tan absurda contradicción. En cada festejo perdía algún kilo de grasa, cada pasar de la pelota por debajo de los tres palos le teñían de negro una cana o le cicatrizaba la lesión de la rodilla. Cuando los arqueros entraban al arco cabizbajos para volver a sacar del medio, al tipo se le alisaba un poco la piel y le brotaba algún que otro grano. Cada día se lo veía mejor. La gente se empezó a amigar con aquel delantero bajito y oxidado, la prensa amansó el trato y los rivales reemplazaron el tono jocoso para interpretarlo como una verdadera amenaza. Al año siguiente ya era cosa seria. Los goles trajeron títulos y los títulos la incondicionalidad de la hinchada. No había partido que no anotara; cabezazos precisos, con ambas piernas, de afuera del área o en la jaula del arquero. Una adicción peligrosa lo hacía verse cada vez más veinteañero, se tiñó de rubio y lo invadió la rebeldía de la juventud; las mujeres, la noche y los autos ruidosos. Pero nada le impedía seguir haciendo goles; la barba entonces azabache fue desapareciendo y en cada festejo renunciaba a algo de musculatura. Se percató de que se había olvidado algunas palabras del inglés y que irse a dormir a horario era una tortura. Los rivales empezaron a menospreciarlo y faltarle el respeto, a lo que seguía contestando con más y más goles, incluído el más importante de la historia del club. Lo hizo estando ya débil y sin vello en el rostro; con pocos tatuajes y un corte de pelo insulso y grasoso. En tres minutos bailó a toda la defensa y le dió al City su título más añorado. Lo festejó como cualquier pibe hubiese hecho, se sacó la camiseta y lo gritó con la gente, desaforado.

Aquel gol sería el último. Había quedado demasiado pequeño para la rigurosidad física de la Premier League, lo que sumado a un comportamiento rebelde y a un inglés casi obsoleto lo hicieron armar nuevamente las valijas con destino a Madrid. El pase no fue menos polémico que el que lo había depositado en Manchester. Nadie se animaba a poner las manos en el fuego por aquella criatura. Pero nadie sabía que el acuerdo al que suscribió no tenía “peros” ni medias tintas, no estaban permitidas las rescisiones ni los eximentes. Un gol y título en el primer partido, y otra hinchada en idilio. Más droga, más veneno. 20 goles en una temporada le habían borrado los tatuajes y adornado la oreja con un arito de poco gusto. Los 15 en la siguiente le pintaron un pelo largo estilo rollinga y le desgastaron el físico hasta lo irremontable. Se lo veía flaco, enclenque y algo desfachatado. Luego de algunas temporadas, el Atlético tuvo que dejarlo ir; no podían sostener a un niño jugando a tan alto nivel.

Independiente confió en lo que podía aportar al equipo un jovencito de 17 años y con vestigios de acné. Tampoco decepcionó en el fútbol argentino. Era ver un piojo escabullirse entre defensores pretensamente rudos y ásperos. Un imberbe que parecía estar enseñándoles a tratar la pelota a los tíos en el patio de la casa. Llevó su compromiso hasta las últimas consecuencias, haciendo goles hasta que el cuerpo le dijo basta. Según los médicos, de seguir así pondría en peligro su salud: lesiones, golpes y quién sabe qué.

A los 15 años, un mes y tres días se vio obligado a abandonar el fútbol, nadie de esa edad había pisado una cancha de primera en el fútbol argentino. La gente aplaudió hasta gastarse las manos. Nadie sabe a ciencia cierta qué pasó después de ese día, ni que fue de él. Algunos sostienen que sigue jugando por ahí, en el barrio o en alguna plaza. Otros, los más racionales, que ha dejado los goles y se ha empeñado en llevar una vida más o menos normal.

Sin embargo, a mí todo esto no me deja tranquilo. Una espina me sigue desvelando. Es que no puedo dejar de pensar en que hubiese sido de él si el convenio hubiese sido otro, si el verdugo le permitía otra contraprestación para tanto éxito. Quizás igual de extraña o igual de cruel. No lo sé, es sólo una hipótesis. Imaginemos que hubiese sido de este hombre, si el pasar de la pelota a través de los caños, si el chiflido del balón contra la red, en lugar de pintarle de negro una cana o hacerle más tersa la piel, le hubiese ido averiando, de forma imperceptible pero inevitable, el corazón.